| MEDIO ORIENTE
De éxito también se muere
814902José A. Zarraluqui
No siempre te mueres cuando te derrotan. Hay ocasiones en que pereces precisamente porque triunfas y es lo que los historiadores cuentan que le pasó al pobre Pirro. La muestra más conocida de este fenómeno fue Saddam Hussein. A ese árabe se le metió entre ceja y ceja convencer al mundo de que poseía --e intentaba construir nuevas-- armas de destrucción masiva y se salió con la suya, convenció al mundo. Y entonces le ocurrió lo que le tenía que ocurrir.
Todas esas habladurías en torno al guerrerismo desenfrenado de Dubya y su determinación de acabar con el régimen saddamita a como diera lugar, con justificaciones o sin ellas, no son más que eso, habladurías de la propaganda partidista o antiyanqui. Los hechos mondos y lirondos son que el dictador iraquí dispuso de armas de destrucción masiva y las empleó contra un vecino, Irán, y contra su propia población kurda en una acción denominada, excepto por el fanatismo ramplón, genocidio.
La verdad del caso es que al Gobierno norteamericano antes de la administración bushita, es decir, durante la administración clintonita, el compañero Saddam lo había convencido de ser un peligro tremendo e inminente. Me remito a la ex secretaria de Estado Madeleine Albrigth; a las del asesor para la Seguridad Nacional Sandy Berger; a la de los propios inquilinos de la Casa Blanca, el presidente Bill Clinton e Hilaria, en aquellos momentos e incluso cuando ya no era presidenta, sino senadora por New York y autorizó con su voto la invasión a Irak.
Porque Saddam Hussein fue tan efectivo con su bluff que no solo convenció a Washington DC, sino a Langley; y junto a la CIA a los servicios de inteligencia italianos, españoles, franceses, rusos, alemanes y británicos. Y para rematar esa faena de éxitos sin cuento, las Naciones Unidas, a pesar de estar dirigidas entonces por Kofi Annan, que se beneficiaba con el corrupto de su hijo Kojo del millonario acuerdo Alimentos por Petróleo entre la ONU e Irak, no pudo evitar los informes de Mohamed ElBaradai, jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica ni, por mucho que las demoró y espació, aprobar resoluciones exigiendo transparencia e inspecciones in situ por parte de la comunidad internacional. Hasta que llegó el momento en que se desencadenó la tragedia para el régimen despiadado de Hussein.
Y según pintan las cosas ahora, puede que no esté lejano el momento en que se desencadene la tragedia para el régimen despiadado y racista de Irán. Tal y como negaba el terrorista Saddam Hussein poseer o buscar armas de destrucción masiva, mientras daba a entender de todas las maneras posibles que las procuraba por cualquier medio, niega poseerlas o buscarlas Mahmoud Ahmadineyad, mientras cuanto dice o hace inclina a pensar que las procura con frenesí. Con el agravante de que repite hasta el cansancio que Israel debe desaparecer del mapa, algo que no osaba proclamar Saddam.
Es cierto que Dubya dice preferir una solución pacífica a una militar en el problema de Irán, pero también es verdad que ya son dos las formidables fuerzas de tarea navales estacionadas en la zona y que los vecinos árabes de ese país ya disponen de antimisiles Patriot; y también es verdad que cada día hay más pruebas del apoyo iraní al Hizbulá que mantiene gangrenado al Líbano y al terrorismo que sacude a Irak; y también es verdad que Teherán mantiene tozudamente su desafío a la comunidad internacional, especialmente a las demandas de las Naciones Unidas y de la Comisión de Energía Atómica; y también es verdad que a la afirmación del vicepresidente Dick Cheney en su reciente gira de que, aunque George W. Bush claramente desea una solución negociada, como en el caso de Corea del Norte, todas las opciones siguen estando encima de la mesa, el ministro de Exteriores iraní, Manouchehr Mottaki, contesta que su gobierno no ve a Estados Unidos en capacidad de imponer más cargas financieras a sus ciudadanos lanzándose a otra guerra en la región.
Es decir, que Mahmoud Ahmadineyad y sus más cercanos colaboradores siguen dale que te pego con la monserga de que el holocausto judío jamás existió e Israel debe ser borrado del mapa, lo cual, sumado a su empecinamiento en refinar uranio, tiene prácticamente convencido al mundo de que su mira son las armas nucleares. En eso recuerda a Saddam Hussein. Puede que Ahmadineyad demuestre otra vez que también de éxito es posible morir.
El autor es escritor cubano
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