| VIDA COTIDIANA.
Domingo playero
Manuel Ferrer de la Guardia
Empieza por ese deseo inexplicable de empaparse de mar. Jóvenes y ancianos hacen el peregrinaje -el ritual que empieza con pies descalzos en la arena- algunos corren, se zambullen, otros miden cautelosamente sus pasos pesados. Todos buscan regenerarse en el agua, bautizarse nuevamente en sus mareas.
Pero el baño espiritual se ha convertido en otra cosa hoy en día. La limonada se cambia por cerveza, las conchas por latas y bolsas plásticas, el sonido de las olas es silenciado por música y griterío.
La situación es preocupante por muchas razones (contaminación, falta de higiene, alcoholismo), pero deseo aquí limitarme a la filosofía y dejarle un poco de qué quejarse a los científicos, sociólogos y las autoridades (sol + cerveza + manejo > accidentes).
El océano ha sido sagrado desde la Grecia antigua y según la mitología egipcia fue lo primero que existió durante la creación del mundo. Los científicos de hoy están convencidos de que es el útero de la vida terrestre, la fuerza vital del planeta, el origen del ser humano.
En su adaptación del budismo, Gandhi usó el océano como metáfora para su doctrina. El uno y el todo, la suma de cada gota de agua que se convierte en mar, el reconocer al individuo como parte de algo más grande que sí mismo.
Aún sin solución, se sabe que el juega vivo es parte de la mentalidad y el espíritu panameño: ponerse a uno sobre el otro. La triste realidad es aún más terrible. Ponerse a uno sobre el todo. Sobre el mar y los ríos, sobre la naturaleza.
Si es verdad que inversionistas han hecho del mar un comercio, el desdén y la falta de respeto que las costas reciben, les ha dado más credibilidad a la hora de justificar sus acciones.
Muchos accesos han sido cerrados. Las playas abiertas libremente al público son pocas y cada vez más lejanas de la ciudad. Se reemplazan antiguos potreros con suburbios encarcelados, y la ley constitucional sigue viviendo en una realidad del pasado.
El privatizar una playa es un pecado tremendo; ahuyentar a todos por el bien de uno y olvidarse de la enseñanza del océano. El problema es que también pecan los que le faltan el respeto de otra forma: dejando basura, desperdicios, emborrachándose frente a su esplendor, ignorando la lección que les intenta brindar.
Pequeños hoteles, casas de familia y todos aquellos que intentan conservar el acceso libre al océano, por el bien filosófico, por la moralidad colectiva de un pueblo, necesitan cooperación para poder seguir existiendo.
Si se mantiene la falta de respeto por el mar, muchos venderán sus terrenos, quizás a personas interesadas en desarrollar proyectos costeros, cuya influencia económica les permite ignorar las leyes de servidumbres. Se cerrarán más accesos producto de la frustración de los que añoran un pasado mejor.
Un pasado de quiquiricáquiris y conchuelas, de conchas y cangrejos, marañones y tamarindos, y aquel playero de alas blancas que aparece solo en las madrugadas y al atardecer, coqueteando la marea en busca de chiparrones, dejándose ver por los que pasean la costa para sentirse que pertenecen a algo más grande que sí mismos.
El autor es ciudadano panameño
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