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Reportaje especial
Panamá, viernes 23 de febrero de 2007
 

ECONOMÍA.

Intermediarios e inflación

Carlos Rodríguez Braun

Intermediarios. Uno de los personajes que dibuja Romeu en El País, afirmó: "El mundo sería más justo y feliz si desaparecieran los intermediarios", y otro aludió a ellos como "sanguijuelas".

Para comprobar que se trata de una tontería, basta con pensar qué sucedería si efectivamente se llevara a la práctica. En ausencia de intermediación, la humanidad podría regresar a la época primitiva que antecedió al comercio, una época marcada por la precariedad y la miseria.

Si mañana desaparecieran los intermediarios, es decir, si todos debiéramos producir para consumir, la mayoría del género humano moriría de hambre y sed, y la población posiblemente se reduciría a la minúscula que había antes del establecimiento de la propiedad privada y su inmediata consecuencia: el intercambio.

Cuando comprenden esto, la reacción de los políticamente correctos recelosos del comercio es aceptarlo, pero objetar su hipertrofia. El mundo justo y feliz ya no sería un mundo sin ningún intermediario sino un mundo con menos intermediarios que ahora. El problema con esta visión es, por un lado, los riesgos de todo tipo que comporta el que alguien (el poder, claro) determine cuántos intermediarios son "necesarios"; y, por otro lado, la negativa a reconocer que, si hay competencia, el número de intermediarios es el que el público libremente determina.

Antes de cargar demasiado las tintas contra Romeu, conviene recordar que Aristóteles despreciaba el comercio; y Einstein recomendaba pasar de la producción para el intercambio, a la producción para el uso. Dos de las mentes más privilegiadas de la historia humana fueron capaces de soltar enormes bobadas contra la intermediación, negándole su carácter productivo y enriquecedor. Romeu podrá quejarse de muchas cosas, pero no de carecer de buena compañía.

Inflación bolivariana. En varios periódicos hubo titulares surrealistas de este tipo: "Chávez quitará tres ceros al bolívar para intentar frenar la inflación en Venezuela".

La inflación es un fenómeno monetario, y la moneda depende de las autoridades en todo el mundo, y aún más en la tiranía democrática venezolana. Difícilmente podrá frenar la inflación quien no admite responsabilidad alguna en su creación. Es el caso de Hugo Chávez; dice que está "un poco" preocupado por la inflación, pero inmediatamente aclara que el vil responsable de todo es, por supuesto, Estados Unidos, decidido a acabar con ese paraíso socialista latinoamericano. "Por el lado económico viene el ataque", advirtió el déspota, recurriendo una vez más al viejo truco del enemigo exterior, tan explotado siempre por los totalitarios.

Pero si es un disparate asignar a extranjeros la culpa de la inflación, lo que ya es una locura es pretender contenerla ¡quitándole ceros a los billetes!

La iniciativa cuenta con antecedentes en países de elevada inflación, como la Argentina, pero no tiene de por sí ningún impacto en los precios: facilita las cuentas y da la impresión de limitar la inflación, pero ésta no se contendrá si la oferta monetaria crece más que la demanda, independientemente de los ceros que tenga el bolívar.

A golpe de decreto y amenaza gobierna el autócrata. Pero la inflación es suya, y todo poder se detiene ante alguna frontera de la realidad; por ejemplo, difícilmente se resolverá el desabastecimiento de carne enviando a las Fuerzas Armadas a ocupar los mataderos, como anunció el progresista don Hugo. Si lo hace, comprobará que con la carne, igual que con la inflación, vale la vieja sentencia de Tayllerand a Napoleón: las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse encima de ellas.

Firma Press. El autor es profesor de economía



 
 
 
 
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