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Reportaje especial
Panamá, lunes 19 de febrero de 2007
 

ECONOMÍA Y POLÍTICA.

El frágil poder de Rusia

Joseph S. Nye

Rusia ha enviado una delegación impresionante al Foro Económico de Davos de este año. Después de tener una importante representación en la época de Boris Yeltsin, el nivel de participantes de Rusia había disminuido desde que Vladimir Putin pasó a ser presidente. Sin embargo, este año los rusos han enviado su equipo de primera y una de las sesiones, en la que hubo una gran concurrencia, se centró en la "Más enérgica política exterior de Rusia".

Con el aumento de los precios de la energía, muchos funcionarios rusos están disfrutando de su renovado poder. En una cena con funcionarios superiores del Gobierno y de Gazprom, la gigantesca compañía energética, se me pidió que opinara sobre las relaciones Estados Unidos-Rusia. Dije que Estados Unidos y Europa se hicieron demasiadas ilusiones sobre la democracia en Rusia en el decenio de 1990 y ahora estaban pasando por una fase de desilusión. Existe preocupación por el futuro de Rusia, sobre cómo utilizará su nuevo poder y sobre cuál sería la mejor respuesta de Occidente.

Una opinión es la de que la política rusa es como un péndulo. Había oscilado demasiado hacia el caos en la época de Yeltsin y ahora, en la época de Putin, ha oscilado demasiado hacia el orden y el control estatal. No ha oscilado de regreso al estalinismo; una mejor metáfora histórica sería la del zarismo. Los observadores debaten sobre si llegará a alcanzar un nuevo equilibrio.

Según la opinión optimista, los derechos de propiedad están arraigando más que en el pasado y el futuro de Rusia depende de la rapidez con la que se pueda crear una clase media interesada en un gobierno respetuoso de la ley, pero otros opinadores no están tan seguros. A veces los péndulos siguen oscilando violentamente, mientras no haya una fricción que aminore su velocidad, y a veces se quedan enganchados. Los observadores pesimistas pronostican una continua disminución de la libertad, en lugar de un equilibrio liberal.

Ante esa incertidumbre sobre el futuro de la democracia liberal en Rusia, ¿cómo deben responder los países occidentales? Esta pregunta resulta particularmente difícil para el gobierno de Bush, dividido entre el primer apoyo del presidente a Putin y su programa en pro de la democracia.

La secretaria de Estado Condoleezza Rice declaró en 2005 que "hoy el carácter fundamental de los regímenes importa más que la distribución internacional del poder" y el senador John McCain, candidato a la Presidencia de Estados Unidos, ha instado a expulsar a Rusia del Grupo de los Ocho países avanzados. Sin embargo, además de su programa en pro de la democracia, Occidente tiene un programa realista, basado en intereses muy tangibles.

Occidente necesita la cooperación rusa para abordar cuestiones como la proliferación nuclear en el Irán y en Corea del Norte, el control de los materiales y las armas nucleares, la lucha contra la ola actual de terrorismo islámico radical y la producción y la seguridad de la energía. Además, Rusia cuenta con personas de talento, tecnología y recursos que pueden contribuir a la lucha contra nuevas amenazas como el cambio climático o la propagación de enfermedades pandémicas.

Puede que esos dos programas no entren tanto en conflicto como parece a primera vista. Si Occidente diera la espalda a Rusia, ese aislamiento reforzaría las tendencias xenofóbicas y estatistas presentes en la tradición política rusa y constituiría una mayor dificultad para la causa liberal.

Una actitud mejor sería la de mirar a un futuro a más largo plazo, utilizar el poder blando de la atracción, ampliar los intercambios y contactos con la nueva generación de Rusia, apoyar su participación en la Organización Mundial del Comercio y otras instituciones orientadas hacia el mercado y abordar las deficiencias con críticas concretas, en lugar de arengas generales o el aislamiento. En cualquier caso, las posibilidades de cambio político en Rusia seguirán en gran medida enraizadas en Rusia y la influencia occidental será inevitablemente limitada.

Pero propugnar la participación en lugar del aislamiento no debe impedir la crítica amistosa y en Davos ofrecí cuatro razones por las que Rusia no seguirá siendo una potencia mundial en 2020, a no ser que cambie su conducta y su política actuales.

Primera, Rusia no está diversificando su economía con la suficiente rapidez. El petróleo es una bendición a medias. Gracias a unos precios de la energía y unas exportaciones de materias primas mayores que nunca, en enero de 2007 Rusia pasó a ser la décima economía del mundo, pero las exportaciones de energía financian el 30%, aproximadamente, de un presupuesto estatal basado en la previsión de que el barril de petróleo siga costando 61 dólares por barril. Las exportaciones industriales rusas consisten principalmente en armamento y la mitad de las ventas corresponde a aeronaves avanzadas. Así Rusia sigue siendo vulnerable.

Un problema relacionado con ese es el de que Rusia carece de un imperio de la ley que proteja y estimule a los empresarios. Éstos son precisamente quienes contribuyen a fomentar una clase media con mucha vitalidad: la base para una economía de mercado democrática y estable. En cambio, prolifera la corrupción.

Además, la crisis demográfica de Rusia continúa y a ella contribuye una salud pública deficiente y una inversión insuficiente en una red social de seguridad. La mayoría de los demógrafos prevén que la población de Rusia se reducirá en gran medida a lo largo de los próximos decenios. La mortalidad adulta masculina es muy superior a la del resto de Europa y no ha ido mejorando.

Por último, si bien podemos entender la tentación de una antigua superpotencia de aprovechar su oportunidad para volver a una política exterior enérgica, la actitud intimidatoria de Rusia en el sector energético está acabando con la confianza y socavando el poder blando de Rusia en otros países. Tanto los vecinos de Rusia como la Europa occidental se han vuelto más cautelosos ante la dependencia de Rusia.

La mayoría de los participantes rusos en la cena de Davos parecieron pasar por alto esas críticas, pero fue interesante oír a un funcionario importante reconocer que la reforma podría avanzar más velozmente si los precios del petróleo bajaran un poco y otro reconoció que se debe acoger favorablemente la crítica, siempre y cuando se ofrezca con espíritu amistoso. El simple hecho de que rusos de alto nivel reaparecieran en Davos para defenderse puede ser un gesto pequeño, pero positivo.

Project Syndicate. El autor es profesor de la Universida de Harvard



 
 
 
 
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