|
| Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Suscripciones | Portadas PDF | Titulares por e-mail | Contáctenos |
sfascetto@prensa.com El reloj de la iglesia, ubicado en la torre más alta, se quedó congelado a las 6:30. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué día su mecanismo interno se cansó de marcar la hora. A metros de allí, en medio del parque Simón Bolívar en La Villa de Los Santos, Mateo se inclina sobre una inmensa barra de hielo y con un aparato raspa el agua congelada que, luego, ofrece a 25 centésimos. "Vendo 120 raspados por día", cuenta. Él –junto con otros vendedores– eligió el Carnaval de La Villa de los Santos para recaudar unos dólares durante los cuatro días de fiesta. A diferencia de su hermano mayor, Las Tablas, este pueblo ubicado a pocos kilómetros de allí organizó un Carnaval con un perfil más familiar. "Es muy seguro y familiar", opina José –de 68 años– quien seleccionó el lugar por su seguridad y porque en el pueblo cada una de las partes de la organización representa su papel: "Tiene una buena organización" juzga, mientras juega con su nieta. "Ahora estoy tranquilo porque yo ya gocé mucho", dice, aunque después aclara: "Pero siempre me tomo un traguito, eso no me lo quita nadie". "Este lugar tiene desorden con orden", destaca, por otro lado, Néstor. Recostado sobre una de las paredes externas del cuartel policial, el joven dice que su idea "es pasar un momento chévere, pero con sexo seguro". Eso sí: lo de sexo seguro quedó, durante los carnavales, bajo la exclusiva responsabilidad de la gente. El único indicio de que hay una política oficial para prevenir el contagio del sida es un viejo cartel destartalado perdido en uno de los accesos al pueblo. No obstante, en La Villa no se ve gente inconsciente por el alcohol ni hombres musculosos dispuestos a demostrar su hombría a cada paso. "No hay mucha gente y el ambiente es más tranquilo, acá hay menos violencia", valora Coralia, que viajó junto a su familia desde Chiriquí. En otro idioma A Soren y Ann no les falta dinero ni ganas de viajar: hace ocho meses salieron de Dinamarca para conocer cada rincón del planeta. "Escuchamos que Las Tablas era el segundo Carnaval más grande después del de Río de Janeiro", dice Soren, al explicar los motivos que lo trajeron al istmo. "Como estuvimos en Río, queríamos conocer el de acá". No obstante, el mar de gente que llegó a Las Tablas lo hizo trasladarse hacia aguas más mansas. "La Villa es más familiar", apunta. Tras disfrutar el Carnaval de Panamá, ambos europeos viajarán hacia Filipinas. "Trabajo de carpintero", explica. La necesidad rentada Tan detallista es la Junta de Carnaval de La Villa, que hasta un simple inodoro tiene precio. "Los baños los administra la Junta de Carnaval", explica Rita, encargada de que nadie vaya a "dejar lo suyo" sin antes pagar 25 centésimos. Su razonamiento, a la hora de defender la rigurosa medida, es irrefutable: "Si la gente tiene [plata] para tomar, también tiene para depositar en el baño lo que quiera". Y aunque puede generar el aullido de más de un borracho, lo cierto es que los 10 baños químicos son rentables: ayer dejaron 130 dólares. Al igual que en Las Tablas, la gente de La Villa también disfruta; canta y baila como si supiera que al cuarto día de fiesta una extraña plaga acabará con el planeta. Mojadera, rumba, alcohol y las clásicas tunas de Calle Arriba y Calle Abajo son parte del Carnaval. Pero, al igual que su vieja iglesia, algunas viejas herencias aún perduran en el pueblo que se resiste a entrar en la modernidad sin anestesia. Además en Panorama • Inexplicable contradicción
|
| |
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados. |
|||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||