Cuando Martín Torrijos hizo pública su intención de designar a Óscar Ceville como Procurador de la Administración, fueron muchos los que recibieron el anuncio con recelo. Toda una vida como activista del PRD, sirviendo a tantos jerarcas del poder y sujeto a infinidad de exigencias políticas, no dejaban de despertar preocupación al asumir –por una década– un cargo técnico-jurídico que debería estar lo más alejado posible del partidismo.
Luego surgieron graves cuestionamientos en cuanto al manejo de un préstamo obtenido de un banco estatal, lo que ahondó la suspicacia. Las dudas de entonces han encontrado fundamento ahora que vemos cómo, valiéndose de obvias argucias, ha quedado en evidencia un favoritismo vulgar y totalmente inaceptable.
A sus dictámenes acomodaticios se suma una política de falta de acceso y hermetismo en la institución que dirige, en abierto retroceso a las prácticas anteriores. ¡Viva la patria vieja! |