| EL FÚTBOL INCLUIDO.
Violencia globalizada
Sebastián Fest
Las imágenes son las mismas, aunque los escenarios estén muy distantes. En Leipzig, Buenos Aires, Catania o Morelia las pedradas, las batallas campales e incluso los muertos y los partidos a puertas cerradas marcaron al fútbol de las últimas semanas.
Pese a su extremo profesionalismo y a las decenas de miles de millones de dólares que genera, el fútbol sigue sin poder canalizar las pasiones o instintos criminales de algunos de sus seguidores. Cada tanto un muerto, como hace menos de dos semanas en Italia, y cada tanto la discusión reabierta: ¿Qué hacer?
En Alemania parecen tener clara la respuesta. "Definitivamente prefiero un estadio vacío a un servicio funerario por un policía", dijo el presidente de la federación local (DFB), Theo Zwanziger, tras los disturbios del fin de semana en los que 800 aficionados atacaron a 300 policías en Leipzig. El resultado de la batalla fue de 39 policías heridos y seis hooligans detenidos.
La federación sajona de fútbol decidió hoy cancelar 600 partidos de las divisiones inferiores para el próximo fin de semana, un símbolo de que no tolerará la violencia. Tampoco lo harán los jugadores. "Nos iremos del campo de juego si volvemos a ver a esos violentos en el estadio", dijo hoy a dpa Holger Krauss, capitán del Lok Leipzig, un equipo de la Liga regional alemana que no sólo en lo futbolístico está muy lejos de la Serie A del calcio.
Allí, la enfermedad parece alcanzar a todos: hinchas violentos, dirigentes y futbolistas.
"Alguien no entendió", resumió La Gazzetta dello Sport los ecos de la jornada del domingo, en la que se reanudó la Liga italiana tras una semana sin fútbol y con numerosas reuniones que terminaron con drásticas medidas en vigor decretadas por el gobierno del país.
Los ultras en los partidos Roma-Parma y Torino-Reggina silbaron ruidosamente por el minuto de silencio que se guardó en memoria del policía Filippo Raciti, muerto la semana anterior en los incidentes antes y durante el choque Catania-Palermo.
Parece difícil culpar a los ultras cuando la reacción de Antonio Matarrese, veteranísimo y experimentado dirigente que preside la Liga italiana, fue la siguiente: "Un muerto forma parte del sistema. El show debe continuar".
Si no la exhiben los dirigentes, ¿cómo pedirle racionalidad al pueblo llano?, con dirigentes que "entienden" o incluso instrumentalizan la violencia, ¿cómo controlar a "los borrachos del tablón", la barra brava del club argentino River Plate?
El último incidente en el endémicamente violento fútbol argentino llegó el domingo, en la primera jornada del torneo Clausura. Dos facciones de esa "barra brava" se enfrentaron entre sí con armas de fuego y cuchillos, aparentemente por un tema de manejo de dinero.
Aquello fue antes del partido, que se jugó y River ganó 1-0. "Esto es gravísimo y no va a quedar así", dijo el ex árbitro Javier Castrilli, subsecretario de Seguridad de los espectáculos futbolísticos. El estadio de River podría ser suspendido por algunas fechas del campeonato, pero todos saben en Argentina que la solución no pasa por ahí.
En México, otro de los grandes campeonatos en Latinoamérica, parecen estar más asustados que en Argentina, y los responsables de su fútbol al menos tienen la virtud de hablar claro.
"La situación llegó para nosotros al límite y vamos a erradicar la violencia de los estadios al precio que sea, porque queremos un fútbol limpio en todos los aspectos", dijo el presidente de la federación mexicana (FMF), Justino Compeán.
Sus palabras llegaron tras un fin de semana de gradas destrozadas, automóviles dañados, riñas colectivas entre hinchas, decenas de detenidos, varios heridos y un estadio suspendido.
El autor es periodista
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