| VENEZUELA.
Proceso de destrucción nacional
Oswaldo Álvarez Paz
Pocas veces un alto funcionario del gobierno de Estados Unidos ha estado tan acertado en sus referencias a Venezuela, como la Secretaria de Estado ante el correspondiente Comité de la Cámara de Representantes en días pasados. "Chávez está destruyendo a Venezuela económica y políticamente", dijo entre otras cosas. Es la realidad y se quedó corta. También destruye los cimientos culturales de la nación y la estructura constitucional de la República. Lo de la economía está a la vista. A lo político nos hemos referido muchas veces. Hoy nos limitaremos a lo otro. Con la inflación más alta del continente, una de las más elevadas del mundo, nadando en dinero negro del petróleo, con controles de cambio insólitos, con la supuesta recaudación fiscal interna más "eficiente" de la historia y con unas reservas envidiadas por el mundo entero, avanza un proceso de desabastecimiento y escasez como nunca, al menos desde que tenemos memoria.
Para que un régimen sea eficiente no basta con tener dinero, comprar dirigentes y dividir a billetazos instituciones y organismos del sector privado. Mucho menos utilizar esos recursos para diferir conflictos que tarde o temprano estallan en la cara de quienes van quedando prisioneros de su ineficiencia y de la misma corrupción que han sembrado en el camino. He tratado de seguir de cerca lo relativo la problemática agroindustrial. No tengo la menor duda de que el gobierno está sufriendo las consecuencias de una política perversa destinada a destruir la cadena que enlaza a los productores con la industria y a ambos con los instrumentos de comercialización. Reducidos a su más mínima expresión el régimen lo controlará todo. Se convertirá en el gran comercializador de productos importados, sin importarle el destino de los productores del campo, ni de una industria condicionada negativamente por el cerco gubernamental. Mucho menos parece importarle la calidad y salubridad de lo que trae de afuera, ni las limitaciones que la incompetencia impone a los ciudadanos para tener acceso a ellos, especialmente en alimentos y medicinas. En el caso de la carne, es inaceptable que se atribuya un milímetro de culpa a los ganaderos, héroes anónimos de esta Venezuela en proceso de destrucción. Abandonados a su propia suerte, sin que sus recomendaciones sean adoptadas como políticas a seguir por el estado para garantizar la seguridad alimentaria, el abastecimiento más pleno capaz de satisfacer la creciente demanda, libran una diaria batalla existencial. Ya no se trata solo de defender sus tierras o el ganado. Se trata de defender la integridad, la vida, la propia existencia familiar y de sus trabajadores. El grado de inseguridad personal y jurídica, de las personas y de los bienes en el campo venezolano, resiste cualquier comparación con las realidades más atrasadas del planeta.
El autor es analista internacional
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