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Reportaje especial
Panamá, viernes 16 de febrero de 2007
 

TERRORISMO.

Un remedio contra la barbarie

Manuel E. Barberena

El terrorismo es un aspecto de la guerra de sorpresa que se libra desde antes de la historia entre los pueblos que luchan por sobrevivir, y los pueblos dominantes que se benefician del desequilibrio que siempre ha existido en el disfrute de los bienes terrenales.

Este es un asunto que pocos periodistas abordan en profundidad, y mientras sea tratado como un espectáculo visual de la información que rinde beneficios a los medios, en vez de ser tratado como una tragedia de la humanidad, poco será lo que se logre para atenuar sus estragos.

Según se ve, el terrorismo es un modo de guerrear de pueblos que carecen de ejércitos, naves y aviones para luchar contra fuerzas superiores, sea por una razón ideológica, económica, religiosa territorial. Es una forma bárbara de combatir el crimen con el crimen. Todas las guerras siembran terrorismo. Han sido terroristas la resistencia francesa en la segunda guerra, el Ejército Republicano Irlandés (IRA), ETA, el Farabundo Martí, las FARC, Sendero Luminoso, todos los otros.

Fueron terroristas los patriotas y soldados de Augusto César Sandino y Victoriano Lorenzo. "La pelea es peleando", decía el Cholo. Han hecho terrorismo la CIA y sus vástagos tenebrosos, los dictadores latinoamericanos a los que se les llamaba paladines de la democracia.

Los Somoza, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez, Odría, Batista, Trujillo, Videla, Pinochet… Todas las guerras siembran terror.

Mientras los gobiernos del siglo se fortalecieron con el poder de las armas explosivas accionadas con la pólvora, los pueblos se debilitaron con el desconocimiento de las leyes y el desamparo de la justicia

La compra de armas en cantidades excesivas se ha vuelto un negocio lucrativo de las castas militares, y los países del tercer mundo que más gastan son los que las estadísticas muestran con los niveles de calidad de vida más miserable.

El Instituto Internacional de Estudios para la Paz (SIPRI), con sede en Estocolmo, estimó hace una década en un millón de millones de dólares los gastos militares en todo el mundo. Con ese dinero podrían haberse construido unas 34 mil escuelas, 64 mil hospitales equipados y haberse mitigado el hambre de 50 millones de niños.

Según el anuario del mismo Instituto, de 2001 los gastos militares en América del Sur subieron de 16,500 millones de dólares en 1991, a 26,300 millones en el 2000. No debe sorprender que los presidentes democráticos tengan dificultades para frenar el excesivo gasto militar, pues tienen que convivir con poderosos generales que deben ser apaciguados con nuevas compras de armas que vienen acompañadas de jugosas comisiones para la cúpula militar. Venezuela, con niveles de pobreza asfixiante, fue de los primeros países en adquirir aviones F-16 y planeaba comprar más fragatas y submarinos (Andrés Oppenheimer, La Prensa, Perspectiva, 16-A, 28-8-2001).

El sueño de poderío militar y pesadilla de guerra de estos ejércitos decorativos son en realidad un artificio, pues si bien son eficaces para vapulear estudiantes, obreros y opositores políticos, en una confrontación intercontinental estos mismos ejércitos jugarían el papel de una tropa de boy-scouts.

Visto en profundidad el terrorismo muestra otras aristas: es un éxito en el juego de grandes ligas que promueve negocios en el armamentismo y la reconstrucción. Es una forma de los súper poderes de mantener ardiendo el fuego de la guerra. La visión del terror depende del punto en que esté ubicado el observador.

Por cada terrorista muerto hay dos que ocupan su lugar, lo que indica que matarlos no significa un avance en su extinción, a menos que se piense en el exterminio de pueblos y países que son la cuna de civilizaciones milenarias que nos legaron importantes contribuciones en matemática, astronomía, medicina, filosofía, escritura.

El autor es periodista



 
 
 
 
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