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Reportaje especial
Panamá, jueves 15 de febrero de 2007
 

CIENCIA Y SOCIEDAD.

Cociente intelectual y desarrollo

José Brechner

Si sabemos para qué estamos mejor preparados, menos dificultades tendremos en la lucha por la vida. Seríamos más felices y productivos haciendo cada uno lo que mejor sabe o puede hacer. El común denominador para distinguir para qué se es bueno, es la inteligencia. Los test de inteligencia son la clave para determinar la aptitud intelectual y vocacional de las personas.

Alfred Binet con Theodore Simon desarrollaron el test para medir la inteligencia de niños retardados, basándose en las observaciones de que a medida que los niños crecen y se hacen mayores, también aumenta su capacidad mental y algunos pueden tener un rendimiento superior a su nivel escolar y edad cronológica mientras que otros no. En sus estudios, un niño de seis años podía rendir tan bien como uno de ocho, mientras que otro de seis podía rendir tan solo como uno de cuatro. En 1911 fue introducido el concepto de edad mental (EM) a diferencia de edad cronológica (EC). Al niño de 6 años que rindió tan bien como al de 8, le asignaron una edad mental de 8, mientras que al de 6 que rindió tan solo como el de 4 años, se le asignó una edad mental de 4.

Aunque la distancia entre la edad mental y la cronológica se agranda a medida que el niño madura, la diferencia entre ambas edades se mantiene constante. A esta constante se la denominó Cociente Intelectual (CI). Científicamente, el CI se define como 100 veces la Edad Mental dividida sobre la Edad Cronológica. (CI > 100 EM/EC)

A los 16 años, la edad mental así como la altura, dejan de aumentar. El CI promedio es por definición 100. Para CI menores de 120, el cociente intelectual es el mejor indicador a futuro del estatus socioeconómico de las personas. El CI es mejor que la educación o la experiencia para predecir el rendimiento en el trabajo. Los adultos en el 5% más bajo del CI (menor a 75) son muy difíciles de entrenar y no son competentes para ninguna labor sobre la base de su habilidad. Ninguna de las sociedades modernas recluta a trabajadores con un CI menor de 80. Personas con un CI entre 90 y 100, no son competentes para la mayoría de las profesiones y niveles ejecutivos, pero son adiestrables para la mayoría de las labores en la economía moderna. El analfabeto no puede ser preparado para ninguna. En contraste, individuos en el tope 5% de la población adulta pueden entrenarse a sí mismos y pocas ocupaciones están fuera de su alcance mental. Personas con CI entre 75 y 90 son 88 veces más propensas a dejar la escuela secundaria, siete veces más inclinados a ser encarcelados y cinco veces más proclives a vivir su vida en la pobreza que gente con CI entre 110 y 125. Una mujer con un CI entre 75 y 90 es cuatro veces más propensa a tener un hijo ilegítimo.

Es fácil distinguir quién es más o menos inteligente que uno. Si observamos a las personas con que nos cruzamos diariamente, la diferencia entre su CI puede variar en 75 puntos. Es asombroso, porque estamos conviviendo con gente que se encuentra en un nivel casi de retardo mental pero manejan vehículos, son empleados, obreros, vendedores y a veces son autoridades. Este hecho es desconcertante por las consecuencias que acarrea en el desarrollo equitativo de las sociedades. No se puede hacer que la gente sea más inteligente y tampoco debemos dejar que los idiotas manejen el mundo, pero eso sucede en muchos lugares. Habitualmente nos topamos con gente incapacitada para ejercer sus funciones y tenemos que lidiar con ellos en situación de desventaja, porque dependemos de sus decisiones. Bajo esas condiciones es imposible edificar sociedades responsables.

En el tercer mundo, pocos colegios y universidades realizan test de inteligencia a sus alumnos, obteniendo como resultado mediocres individuos que no saben nada de nada y, sin embargo, algunos llegan a ser populares políticos.

Firma Press. El autor es ex diputado boliviano



 
 
 
 
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