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Reportaje especial
Panamá, jueves 15 de febrero de 2007
 

PERIODISMO.

El derecho a preguntar

807631Jorge Ramos

La recientemente fallecida periodista italiana Oriana Fallaci decía que no debía existir ninguna pregunta prohibida. Todo se puede preguntar. Y yo añadiría que con mayor razón si se trata de preguntarle a gente con poder.

Si nosotros, los periodistas, no preguntamos, no indagamos, ¿quién lo va a hacer?

Nuestra principal función social es evitar los abusos de los poderosos y nuestra arma es la pregunta.

Ochenta y dos periodistas murieron en el 2006 haciendo preguntas, según la organización Reporteros Sin Fronteras. Después de Irak —donde murieron 40— el país más peligroso para hacer preguntas incómodas es México, con nueve periodistas asesinados.

¿Por qué hizo esto? ¿De dónde sacó el dinero? ¿Quién le dio autoridad para actuar así? ¿Cuánto gana? ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es su amigo? ¿Quién es su enemigo? ¿Miente? ¿Cae en contradicciones? ¿Qué hace con nuestro billete? ¿Qué sabe hacer? ¿Con quién comió? ¿Por qué? ¿Quién le regaló eso? ¿A cambio de qué? ¿Qué esconde? ¿Me enseña su cuenta bancaria?... Son sólo preguntas.

Experimenten. Háganle algunas de estas preguntas a cualquier político —o a un amigo— y lo van a incomodar. Pocos, muy pocos, pueden contestarlas todas.

Una vez aclarado que nuestro trabajo es preguntar, veamos dos casos concretos.

Hace unos días el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, se negó a contestar una pregunta del conductor de CNN, Wolf Blitzer. Blitzer, atinadamente, encontró una contradicción en el vicepresidente y buscó aclararla.

La hija de Cheney, Mary, es abiertamente lesbiana, lleva 15 años viviendo con su pareja y está embarazada. No ha informado cómo se embarazó. Y, dicho sea de paso, Mary Cheney tiene todo el derecho de hacer lo que quiera con su vida, con su pareja y con su bebé. Punto y aparte.

Pero quien vive en una contradicción es el vicepresidente. Cheney trabaja para un gobierno —el del presidente George W. Bush— que rechaza las uniones de las personas del mismo sexo y que lleva dos años buscando una enmienda en la Constitución para prohibir que ese tipo de relaciones se conviertan en matrimonio. La pregunta, entonces, es legítima. ¿A quién apoya Cheney, a su hija Mary o a su jefe Bush?

Cheney, quien será abuelo por sexta vez, le dijo al periodista que "había cruzado la línea" al hacer la pregunta —sobre el rechazo de los grupos más conservadores a embarazos como el de su hija— y rehusó contestarla.

Mi posición es la siguiente. Si un asunto privado afecta la vida pública de un país, los periodistas tenemos el derecho a preguntar. Por lo tanto, se vale preguntarle a Cheney sobre las uniones de personas del mismo sexo.

Su opinión importa y tiene un peso en el debate en Estados Unidos sobre los matrimonios gays. ¿Acaso Cheney no quiere que mujeres como su hija tengan todas las protecciones y derechos que otorga la ley a los heterosexuales? Cualquier respuesta es noticia. Pero Cheney no quiso contestar al sugerir que el periodista se había metido en territorio prohibido.

Otro ejemplo.

Cuando Vicente Fox era presidente de México le pregunté si tomaba antidepresivos. En ese momento -- septiembre del 2003 -- muchos mexicanos trataban de explicarse por qué Fox parecía desanimado, sin ímpetu, sin grandes propuestas.

"No", me contestó a la pregunta concreta de si tomaba Prozac. Antes de la entrevista tuve mis dudas sobre si hacer o no esa pregunta. ¿Me estaba metiendo demasiado en la vida privada de Fox? Al final, decidí hacer la pregunta porque su salud afectaba la vida del país y los mexicanos —creo— teníamos el derecho a estar informados.

Sé que a Fox no le gustó la pregunta, pero la contestó. "Ustedes (los periodistas) tienen la libertad absoluta de preguntar y yo la libertad absoluta de responder".

Quién iba a decir que Fox le pudiera dar clases de cómo contestar a la prensa al vicepresidente norteamericano (aunque no, por supuesto, de literatura latinoamericana).

Me preocupa por igual cuando los periodistas elegidos con dedo en las conferencias de prensa tienen miedo de hacerle preguntas duras a Bush y a Hugo Chávez, por poner dos dispares ejemplos. ¿Cuando fue la última entrevista dura con Bush o con Chávez que vieron o leyeron?

Los políticos, casi todos, han aprendido muy rápidamente que le pueden dar la vuelta a los periodistas y utilizar la internet o sus puestos para dar discursos, pontificar, y no exponerse a las preguntas incómodas. ¿Por qué se va a querer arriesgar Chávez a que lo cuestionen en una entrevista sobre sus nuevos poderes casi dictatoriales si puede hablar durante horas, sin interrupciones, en su programa "Aló Presidente"?

No, no hay pregunta prohibida. No hay pregunta tonta. Y cuando surge la oportunidad, hay que hacerla. Aunque sea la última vez.

El autor es conductor del noticiero de Univisión.



 
 
 
 
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