| AUTOENGAÑO.
Oasis o espejismo
Rossana Castrellón
2007 es un año crucial para Panamá. A finales de 2006, se tomó la decisión más trascendental que hemos tenido que considerar los panameños en nuestra vida republicana: la ampliación de la vía interoceánica. La otra cara de la moneda ha sido la evidencia cada vez más irrebatible de una institucionalidad horadada, con claros signos de agotamiento de su estructura y funciones, que no puede dar respuesta ni ejecutar, en un número significativo de casos, las políticas públicas que hagan factibles los cambios absolutamente necesarios y pendientes en lo económico y social.
En la Propuesta del Sector Privado para una Estrategia Nacional de Desarrollo que presentara a la consideración del país como presidenta del Consejo Nacional de la Empresa Privada (CoNEP) en marzo de 1999, expresé que el gran desafío era crecer sostenidamente al menos al 6% anual del PIB a fin de promover un desarrollo sostenible. Desde hace ya cuatro años, Panamá se acerca y supera esta meta en términos nominales. La pregunta que se impone ahora es: ¿se trata de una tendencia de crecimiento económico o estamos ante claros signos de desarrollo? Opino que no hay que pensar demasiado para contestarnos: evidentemente, es crecimiento, pero… ¿será desarrollo? La verdad es que, en mi opinión, no lo es. Me explico: desarrollo implica políticas de Estado, claras definiciones de las metas locales, nacionales, regionales y mundiales a corto, mediano y largo plazo. Entraña una visión compartida que haga posible que las bonanzas económicas se conviertan en oportunidades para trocar las coyunturas y los golpes de suerte en cambios estructurales que permitan aliviar la pobreza, el desempleo, la desigual distribución de la riqueza y las lacras sociales que caracterizan a nuestra sociedad.
Panamá, históricamente, se ha beneficiado de auges coyunturales: las ferias de Portobelo, la construcción del ferrocarril, las obras del canal francés, la creación de la vía interoceánica por parte de los estadounidenses, la II Guerra Mundial… La interrogante que cabe es si la ampliación del Canal será el catalizador del desarrollo económico y social del país o si se tratará de otro episodio histórico que en el tiempo se analice como los paréntesis de prosperidad temporal que no pudieron derrotar a las asignaturas pendientes en lo económico y lo social.
La realidad es que no podremos lograr el tan necesario y anhelado desarrollo si no aceptamos como sociedad que nuestras instituciones tienen serias falencias, que adolecen de transparencia y rendición de cuentas y que no garantizan la igualdad de oportunidades; que nuestro sistema, excesivamente presidencialista, enfatiza en demasía en la capacidad de lograr respuestas en la figura del primer mandatario y coloca en una posición sucedánea a los otros dos órganos del Estado; que tenemos a toda costa que hacer que la promesa implícita en el contrato social no sea solamente eso, una promesa, sino una meta alcanzable siempre y cuando haya esfuerzo, estudio y deseos de superación.
Domingo Faustino Sarmiento decía: "Si el pueblo es soberano, hay que educar al soberano". La realidad es que esta frase engloba la génesis del progreso y el bienestar sostenible. Un pueblo sin educación es un pueblo sin criterio, dependiente, condenado a la pobreza para siempre. Si queremos un país cuya ciudadanía esté a la altura de los desafíos, toca emancipar al "soberano" a través de la educación, especialmente, de la mejor educación, particularmente, a los más pobres. Lamentablemente, en Panamá, a pesar de las ingentes sumas de dinero y recursos que se destinan a la educación de sus niños y jóvenes, continuamos brindando una educación de escasa calidad con parámetros del siglo XX en el siglo XXI, salvo honrosas excepciones. Si no educamos, jamás podremos salir del subdesarrollo, ni vencer de una vez por todas la desigual distribución de la riqueza y a la pobreza.
No tenemos derecho ni podemos darnos el lujo de confundir ilusiones ópticas con el anhelado oasis. A estas alturas, no es aceptable siquiera intentar autoengañarnos: sin una estrategia nacional de desarrollo que considere como una prioridad una educación de calidad; sin instituciones debidamente establecidas, con una tecnocracia y una inteligentzia burocrática al servicio de los ciudadanos; con un balance de poderes que equilibre las tareas de los tres órganos del Estado, saborearemos las mieles momentáneas del crecimiento, mas no alcanzaremos la meta del desarrollo. Está en nuestras manos: o construimos juntos el oasis o seguiremos sufriendo las consecuencias del más cruel engaño… El autoengaño o aquél que vende esperanzas sin cambios estructurales profundos y sostenibles en el tiempo…
La autora es abogada
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