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CHILE Y CUBA.
El fin de una era y el comienzo de otra
Joaquín Pérez Rodríguez
La muerte de Pinochet y la agonía de Castro marcan el fin de una época en nuestra América. La reelección de un presidente izquierdista en Venezuela y la entrada al poder del primer presidente con una clara ideología de derecha en México, marcan el inicio de otra.
Castro y Pinochet significaron polos opuestos en las ideas, pero regímenes cercanos en la aplicación del terror.
Uno, el chileno, utilizó métodos represivos y después de años de fracasos, logró resolver la ecuación económica. Hoy Chile es un país en vías del Primer Mundo. No solamente desde el punto de vista económico, sino desde el punto de vista político. Después de la dictadura, Chile ha logrado una positiva transición, se ha creado una coalición que le ha permitido crecer democráticamente y la polarización del pasado se ha convertido en tolerancia del presente. Chile avanza hacia un futuro mejor.
Cuba, por su parte, no sobrevive económicamente sin ingentes subsidios económicos del exterior. La incapacidad del régimen para generar empleos decentes y riqueza general ha sido una constante. A pesar del crecimiento que dicen algunos números, la realidad de carencias nos dice otra cosa. Carencias evidentes hasta en aquellas cosas que antes funcionaban bien. Si antes el sistema de salud no era malo ahora, con la ausencia de médicos que han sido enviados fuera del país para recaudar dólares, los cubanos sufren una merma seria en la calidad de esos servicios. El proceso de transición, ante la desaparición de Castro, no parece encaminado hacia algo mejor. Los rumores indican que hay miedo al cambio y terror ante cualquier apertura o participación de los núcleos de oposición o del exilio. El fantasma de Fidel, medio muerto, medio vivo, ronda por el acontecer político paralizando cualquier cambio. Mientras tanto, los cubanos siguen sufriendo o escapando. Cuba avanza hacia un futuro de terror.
Aprender del pasado no ha sido común en Latinoamérica. Muchas veces ignoramos la historia para luego caer en los mismos errores. Liderazgos llamados a resolver todos nuestros problemas, que aparecen y desaparecen en medio de un desastre administrativo, son fenómenos reiterativos en nuestros países.
Mirando al futuro, dos procesos electorales llaman la atención por ser polos opuestos en la concepción política y en los esquemas de desarrollo de nuestra América. Ellos son la reelección de Chávez en Venezuela y la elección de Calderón en México.
Chávez ha sido el producto de la desesperación. En un país petrolero inmensamente rico, su reelección no ha sido objetada, pero responde al uso desproporcionado de los medios, del poder y de la esperanza de los desposeídos. Chávez ha sido el líder mesiánico esperado por todos cuya capacidad se intuye, aunque nunca haya sido probada. Es el dirigente mediático que habla en el tono hipercrítico que tanto gusta a nuestra izquierda. Que ataca a los supuestos enemigos con las palabras que siempre hemos deseado usar. Que todo se le perdona. Y que siempre promete que el próximo será el año de las soluciones. Es decir, Chávez es más de lo mismo.
Calderón es producto de un lento proceso democrático. No se percibe como un líder carismático, aunque es buen orador. Sale del aparato burocrático de la política mexicana. Ganó de milagro y su triunfo ha sido cuestionado. Pero Calderón, a diferencia de otros políticos del mismo entorno, no se ha enriquecido en el poder, tiene una gran capacidad de lucha contra la adversidad y no le tiembla el pulso para hacer las cosas. No concibe el desarrollo económico, en un país petrolero aunque no rico, como un milagro, sino como un proceso técnico. Y encabeza al país más grande de la América hispanoparlante. Un país que desde hace años se decidió por el progreso, la educación masiva y la generación de empleos. Es decir, Calderón puede ser algo distinto.
Y los liderazgos que ellos representan podrán enfrentarse este próximo año.
Chávez no dudará en seguir expandiendo su esfera de influencia. El petróleo venezolano seguirá financiando quimeras y procesos electorales. Su enfrentamiento de palabras contra Estados Unidos aumentará en la medida en que su modelo económico comience a hacer agua. Su poder hegemónico se incrementará en la medida en que la oposición comience a plantearle retos.
Calderón seguirá desarrollando económicamente su país, paso a paso. Combatiendo la pobreza como la meta fundamental. Combatiendo el narcotráfico y buscando una relación justa con Estados Unidos. Pero también podrá encabezar la lucha, por la democracia y los derechos humanos, a nivel continental. Buscará que la democracia, interna y externa, se consolide a través del convencimiento y el diálogo.
Se fueron Pinochet y Fidel. Vienen Chávez y Calderón. El panorama se torna interesante.
Firmas Press. El autor es analista político.
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