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DONDE LOS NÚMEROS TIENEN CARAS
ABANDONO.El Estado está ausente de los caseríos más alejados de la carretera.
Salto al país llamado pobreza
La comunidad de Guacamaya está en el distrito más pobre de Panamá, según el MEF.
Ni salud ni educación ni trabajo para indígenas ngöbe, entre los que tampoco hay diferencias de ingreso.
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| Estas dos mujeres y sus hijos despiertan sobre uno de los tres camastros de esta cabaña, en la que sumados todos los enseres, no se llega a los 100 dólares.789713 |
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| SUBSISTENCIA El día transcurre alrededor de la choza de paja y caña. Solo se sale a trabajar los cultivos de subsistencia o cuando una enfermedad no es controlada. |
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| AMBULANCIA Para recibir atención médica hay que sudar mucho en Müna. Este joven era transportado a pie por sus familiares hasta Santiago. |
Texto: Paco Gómez Nadal
Fotos: Bernardino Freire
panorama@prensa.com
Los mapas engañan si no se los recorre con cuidado. A simple vista, solo existe un Panamá: geografía retorcida entre dos océanos, habitada por poseedores de un solo pasaporte.
Pero la topografía de la realidad es más contundente. De hecho, si usted está leyendo este artículo, no pertenece al mismo país del que vamos a hablar. En esta nación a la que nos referimos no hay carreteras por las que circular y, por tanto, no son admitidos los carros si no tienen cuatro patas.
En este universo al que usted no pertenece, no hay camas ni cafeteras ni batidoras ni refrigeradoras ni aire acondicionado ni abanicos. En este mundo, la televisión es un holograma de un presente en el que no hay luz eléctrica, la salud es una entelequia lacerante; la educación, una ausencia a ritmo de saloma; la Teletón suena a nombre de río, y el 911 de emergencias una fecha en el calendario del olvido.
El lugar de la estadística
Bienvenido, estimado lector, a Guacamaya, este caserío del distrito ngöbe de Müna, este lugar que, según el Mapa de la Pobreza que publicó el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) en 2005, es el más pobre del país. El 99% de sus habitantes son pobres extremos, y el 1% restante, después de conocer Guacamaya, debe ser algún margen de error del oficinista de turno.
Un momento... Le hemos dado la bienvenida demasiado fácil. Para entrar a Guacamaya, primero deberá cambiar de planeta. Y eso no es tarea fácil. El camino va de más a menos; de autopista de cuatro carriles a desfiladero. Desde ciudad de Panamá, deberá alcanzar Santiago, luego, conducir más de una hora hasta el cruce de Viguí y desviarse para tomar agarrar un camino de tierra que algún desocupado consideraría una pista de pruebas para 4x4 y en el que se demorará, si tiene cierta pericia, dos horas y media más.
Cuando llegue al puente colgado sobre el río Tabasará, deje el carro, de nada le sirve en este país de olvido. Tome un respiro en Llano Ñopo, el último pueblo completo que encontrará, y aventúrese a una caminata de loma y muy señor mío en la que gastará unas nueve horas, un par de botas y todas las reservas de oxígeno y voluntad que ahorraba desde hace años.
En este paraje deforestado de belleza extrema no encontrará Estado y para calcular la dimensión del abandono de Guacamaya, ni siquiera podrá comprar una Coca Cola: único testigo de la civilización en zonas empobrecidas y que en este recorrido solo se consigue –y caliente como el infierno– hasta Cerro Javilla, a unas cinco horas a pie de Guacamaya.
La pobreza de Guacamaya tiene una característica paradójica, como paradójica es el Panamá cuya economía crece al 8% excluyendo a miles de ciudadanos de tan deslumbrante porcentaje: esta comunidad no solo tiene el récord de pobreza sino el de igualdad.
En Guacamaya no hay un solo rico, nadie tiene más que el vecino, e Ignacio Reyes López, el llamado jefe inmediato en la jerarquía ngöbe buglé, luce la misma pobreza que el resto de los 260 vecinos de la comunidad (entre los que hay unos 180 menores de edad).
Las posesiones
Entre todos, juntan 10 caballos, una veintena de vacas, unos 180 pares de zapatos agujereados por el tiempo, 50 pares de sandalias de color indescriptible y unos anhelos que resume en dificultoso español Luis López Javilla: "Maestros para que los niños sean más que nosotros y médico para no morirnos acá".
La mayoría de los indígenas piden solo esas dos cosas. Las exigen porque, hasta ahora, educación es equivalente a una escuela desvencijada en madera carcomida por el tiempo y los insectos a la que están destinados tres maestros que en el pasado curso solo daban clases dos días a la semana a los 105 niños y niñas matriculados.
"Aquí los niños se gradúan de sexto grado sin saber leer. Ni siquiera firman", explica el "presidente de la escuela", Joaquín Robles, guardián de las llaves de una cerca que no cierra y del enfado de los padres que lo eligieron como representante.
‘No es justo’
Hilda, una mujer seria y que solo habla ngobere, se queja de la injusticia: "Los padres y madres de familia tenemos que caminar un día entero para traer los materiales para la mejora de la casa de los maestros y ellos casi ni vienen". La Escuela 2871 –ese es el código del Ministerio– no parece escuela.
El reclamo es generalizado y se conjuga con el hecho de que los maestros son "latinos" y, con ellos, la cultura ngöbe se diluye en los salones de clase.
— ¿Hay algún muchacho de la comunidad que esté estudiando secundaria?
— Había uno, el hijo de Emilio, que estaba en Santiago, pero perdió los papeles de la beca y fue a trabajar a Boquete.
¿Trabajo o esclavitud?
El trabajo como cosechador de café es la única fuente de dólares para estas gentes, que necesitan billetes para comprar azúcar, sal, arroz, querosín, enlatados, zapatos o medicinas. Casi todo, porque lo único que se produce en Guacamaya es guandú, sorgo, guineo chino y maíz –aunque las lluvias de noviembre arrasaron con los cultivos–.
"Mire usted, me da como algo decirlo porque yo soy panameño, pero en Costa Rica nos tratan mejor", explica Benito en voz baja. Se refiere a las condiciones en las plantaciones de café de Boquete. "Nos alojan como animales, sin luz ni baño, y nos pagan a dólar la lata [de 5 galones]". Los hombres explican que alguien con práctica puede cosechar seis latas al día; el lento llega a las dos latas. En conclusión: entre 2 y 6 dólares de salario diario.
"En Costa Rica nos pagan casi el doble por lata, las barracas tienen luz y están buenas y ellos pagan el transporte desde la frontera", continúa otro vecino. El problema, como siempre, es la plata, el radio que dibuja el círculo vicioso de la pobreza. Para llegar a Boquete se necesitan 8 dólares; para alcanzar la frontera, 40.
Educación y trabajo son problemas graves, pero lo de la salud es quizá más sangrante. Hace tres años, el Gobierno invirtió 10 mil dólares en construir un centro de salud con dos salas. Las llaves –siempre alguien las custodia, como quien guarda esperanza– las tiene Alfredo López, al que llaman el "promotor de salud".
Alfredo no sabe nada de medicina ni ha hecho jamás un curso. "En realidad soy más como un auditor social". Un auditor sin nada que auditar porque el centro de salud jamás se inauguró, tampoco se dotó y simplemente es como un monumento a la desidia. Eso sí, es lo único de bloque que hay en kilómetros a la redonda.
Kilómetros para nada
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| Todos trabajan para superar el día a día. Esta niña muele sorgo, que después se usará para hacer una especie de chicheme. El maíz y el guineo completan la dieta básica de estos ngöbe. |
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| Las mujeres deben caminar hasta 11 horas para asistir a los chequeos médicos obligatorios, en caso de que reciban el subsidio del Gobierno. Parte de la prueba es vadear 18 quebradas. |
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| Los ngöbes de Guacamaya tienen vacas para el consumo. Los vecinos dicen que comen carne una o dos veces al año. |
La salud es, en Guacamaya, sinónimo de problemas. El médico más cercano está en Llano Ñopo –a nueve horas de distancia– y, como no es permanente, se corre el riesgo de caminar retorciéndose de dolor y no recibir ningún tipo de atención.
Para colmo, en el centro de salud de Llano Ñopo no hay medicamentos, por lo que los diagnósticos son meramente informativos. Si quieren remedios tienen que embarcarse en un viaje de varias horas hacia Tolé o a Santiago.
"Muchos prefieren morirse en su comunidad antes que probar suerte en Llano Ñopo", explica Helda Arbeláez, monja de las Misioneras de la Madre Laura. Morirse en el lugar más pobre de Panamá también es un problema.
A las 9 de la noche, dos indígenas caminan atravesando montañas con una mala noticia. Tienen que comunicarle a la familia de Imelda López, que el cadáver de esta muchacha de 20 años sigue en Santiago. No hay plata para transportar el cajón hasta Llano Ñopo, aunque sí hay hombros dispuestos a cargarlo por estas lomas hasta Guacamaya.
Imelda murió de una enfermedad llamada pobreza, aunque el informe del forense dice que llegó el 13 de diciembre al hospital regional de Santiago con un cuadro severo de caquetismo (desnutrición extrema), vómitos, diarrea y fiebre.
Murió un día después por cirrosis hepática producida, probablemente, por hepatitis B. Según uno de los médicos, "Imelda tenía el aspecto de una abuelita y se podía levantar su cuerpo con una sola mano".
Una vez más, el abandono se traduce en muerte y en tristeza. Y es que los rostros en Guacamaya no son los del mito del feliz "buen salvaje", cocido en el siglo XVI y que inspiró La Utopía de Tomás Moro. Aquí, la pobreza no alegra a nadie y Fidelina, a sus 18 años, lleva en sus ojos y en sus hombros, todo el peso de este injusto destino.
De su ensuciado traje verde, extrae un seno para amamantar a uno de sus dos bebés y cuenta cómo el subsidio del Gobierno –de 35 dólares mensuales– le sirve para comprar azúcar y arroz.
La buena noticia queda empañada porque el día de cobro tiene que caminar 11 horas hasta el punto de entrega y para cumplir con las revisiones médicas exigidas, otro tanto, sin seguridad de topar facultativo.
El anclaje de la cultura
Lázaro Reyes, entusiasta promotor del Ministerio de Desarrollo Social y natural de Llano Ñopo, piensa que es la primera vez que un gobierno les da algo, pero, minutos después, resbala por un aluvión de lamentos por el desastre de atención sanitaria, la falta de infraestructuras y de apoyo.
Lo más sencillo es mover a esta comunidad más cerca de la civilización y se acabó el problema –pontifica un economista que reside en ciudad de Panamá–. "La gente acá muere donde nace. Eso es importante para nosotros. Es nuestra cultura", contesta Lázaro ante la pregunta obvia sobre por qué no mover Guacamaya.
Esta es solo una comunidad, de decenas de las que salpican los cerros que rodean al río Tabasará y donde las estadísticas se convierten en papel mojado si no sirven para algo.
Según los autores del estudio del MEF, "los mapas de pobreza deberían utilizarse para evaluar la focalización del gasto social". La realidad, una vez más, no coincide con el mapa ni con las intenciones: "gasto social" es un término casi desconocido en estas tierras donde, por no llegar, no llega ni el aliento.
(Con la colaboración de Ney Castillo)
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