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HAY QUE SOLTAR LA PIEL VIEJA DEL EGOCENTRISMO.
Biología y sociedad
Elda Maúd De León
Humberto Maturana, el muy respetable y famoso neurobiólogo chileno autor de la Teoría de la Biología del Amor, debería ser una especie de santo patrono de los que creemos que la cultura de convivencia pacífica y el respeto a la diversidad lograrán un mundo más justo y solidario.
Su propuesta se nutre, por un lado, de la más moderna arqueología, la que demuestra mediante restos fósiles que los homo más primitivos jamás fueron las hordas sanguinarias de que se habla, sino pequeños grupos (7 a 10 individuos) en que había adultos y niños; y por otro, de los más avanzados conocimientos sobre el sistema nervioso y en especial el cerebro, logrados con la tecnología más sofisticada del momento.
De las moléculas orgánicas hasta la emergencia del homo sapiens hay muchísimo tiempo, ensayo y error, aprendizaje, transformación y, como constante, el cambio hacia lo más diverso y complejo. ¡Eso es la vida! ¿Por qué nosotros debemos ser totalmente diferentes: Estáticos, predeterminados, predestinados? ¿Por qué nuestro cerebro tiene que ser absolutamente igual al del hombre de las cavernas? ¿Somos la negación de la evolución característica básica de la vida? ¿Nuestro cuerpo y sangre están hechos con otro material diferente al orgánico?
Según Maturana, los pequeños grupos iniciales pudieron sobrevivir cuando se mantuvieron juntos para buscar alimento, defenderse de las fieras, acompañarse en el miedo ante los "fenómenos naturales", pero el factor clave fue la insoslayable y estrecha relación madre/hijo que al generar los sentimientos de ternura y filiación influyó en la naturaleza emocional de los otros miembros. La convivencia y la comunicación por el lenguaje humanizaron al grupo y entonces… emergió la cultura.
La biología necesitaría millones de años para superar al homo sapiens en tanto la cultura acelera la evolución social. Sin la convivencia, sus emociones y sus reglas mínimas, sin el grupo y el lenguaje, no tendríamos ni ciencia ni tecnología; ellas son instrumentos importantes para el crecimiento demográfico y la prolongación de la vida humana. El error estriba en que de "enseres" creados por el ser humano, la ciencia y la tecnología han pasado a ser semidioses que menosprecian "los tontos idealismos" de la ética y la educación humanista y solidaria.
Olvidados los principios que hicieron posible la vida y también la sociedad, se arremete contra la naturaleza, se echan a un lado como poco pragmáticas las artes, la música, la poesía -es decir, las creaciones que son específicamente humanas- se devalúa el desarrollo intelectual/espiritual, se pierde el sentido de convivir, se cae en el pesimismo y el fatalismo, en la idea obsesiva del consumismo inmediato o en el vivir desenfrenado de cada día, en la desesperanza y hasta en la claudicación.
Pero estamos en el mejor momento, hay tanta producción, descubrimientos, tecnologías; están dadas todas las condiciones para que el homo sapiens haga prevalecer lo que lo hace diferente de los animales que no pudieron desarrollar la autoconciencia. Depende de que retome los principios naturales que generaron la vida y cuya adopción por los humanos más antiguos hizo posible la permanencia de nuestra especie en el planeta: Cooperación, auto-organización, ayuda mutua, aprendizaje, adaptación, transformación, creatividad, respeto a la diversidad, unidad en la totalidad.
El reinado de la ciencia y la tecnología de los dos últimos siglos no ha impedido la crisis generalizada que se vive; como contrapartida una vanguardia en el mundo está volviendo a ser consciente de que los valores sociales fundados en los principios de la vida son lo esencial y por tanto deben ser los cotidianos en la familia, la escuela y la comunidad humana.
Deseo que en el Año 2007, cada uno de nosotros suelte la piel vieja del egocentrismo y el utilitarismo, se atreva a soñar, imaginar, inventar y, sobre todo, actuar según sus posibilidades en su medio, para que la sociedad panameña redescubra, enaltezca y haga funcionar lo mejor de sí misma y demuestre que, con la participación de todos, un mundo mejor es posible.
La autora es catedrática en la Universidad de Panamá
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