Las tablas de salvación no son gratis y, como en todo negocio, son rentables cuando hay clientela. Es decir, ciudadanos excluidos, pobres, desesperados que son capaces de confiar su suerte y su futuro a un líquido mágico, a un sermón reconfortante o a milagros por libra siempre que eso les tranquilice el alma adolorida.
Por eso, porque una buena parte de nuestro país está excluido del desarrollo y de la calidad de vida, es que hemos visto florecer pseudoiglesias o religiones prêt á- porter que se enriquecen al mismo tiempo que las almas descarriadas, pobres o, simplemente, tristes entran a sus templos convertidos en centros comerciales de la salvación.
La situación es grave y el Gobierno debe ejercer su función fiscalizadora porque, al igual que el juego en los casinos, actividades en teoría inocuas pueden convertirse en un problema de salud pública y de estafa encubierta. Debemos saber a dónde van los recursos de estos megatemplos, debemos conocer el verdadero recorrido de las teóricas donaciones voluntarias y el estatus de muchos de sus pastores. Si en realidad son religiones legítimas, no tendrán miedo a la verdad. |