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Reportaje especial
Panamá, miércoles 3 de enero de 2007
 

TRIUNFALISMO: MAL CONSEJERO.

Concordia en este nuevo año

Roberto Arosemena Jaén

Ahora que Panamá está en el juego del Consejo de Seguridad, único poder globalizado y respetable en el mundo ecléctico y relativizado del nuevo año, vale la pena recordarle a nuestros gobernantes que el triunfalismo es un mal consejero.

De nada sirve proyectar a Torrijos, el primero, detrás del desafiante Chávez; ni al actual Torrijos, que ocupa por azar del votante panameño la Presidencia de la República, como un socio incondicional del poderoso congreso de Estados Unidos. De nada sirve un crecimiento del 8% ni el apalancamiento del tercer juego de esclusas para hacer impagable la deuda pública panameña, si la gente cuando toma medicina se envenena y cuando viaja en bus no tiene las debidas puertas de emergencia. De nada sirve un presupuesto de siete mil millones de dólares si el salario de la clase media no logra cubrir el gasto de la canasta básica familiar ni la deuda para financiar los estudios de postgrado en un país del primer mundo. De nada sirve gastar cerca de 500 millones en educación, si ni siquiera nuestros profesionales poseen el dominio de una segunda y tercera lengua, ni tienen acceso a las redes del conocimiento especializado. Menos mal –sentido irónico– que ahora se nos promete una educación técnica de cuatrimestres y de semestres en el Inadeh (Perdonen los amigos que trabajan en esa escuela de futuros semiespecializados).

El tema de este artículo se centra en la cita desafortunada de Benedicto XVI como paladín del diálogo humanista y universal y en la urgente necesidad de poseer una cultura que niegue la guerra, el terrorismo, la violencia, la manipulación y el uso abusivo del poder.

Ratzinger afirmó que el Islam se había divulgado con la utilización de la violencia y se olvidó citar el requerimiento que trajo Pedroarias Dávila a Panamá, en 1513. La ofensa del Papa fue captada por los islámicos de buena fe y por algunos anticlericales del patio dispuestos a ver las metidas de pata de la jerarquía pontificia. Benedicto se arrepintió y solicitó excusas que fueron bien acogidas por los líderes islámicos que hablan en público como miembros de una humanidad fraccionada. Por el contrario, no conozco de ninguna actitud comprensiva de los anticlericales dominicales.

En este orden de ideas, la comisión interpartidista del pueblo estadounidense propuso un diálogo con Irán y Siria, miembros vilipendiados del eje del mal y el mismo Bush lo está examinando responsablemente el día de hoy. El problema del mundo de ayer que citó Ratzinger y que utilizó el primer gobernador de Panamá en 1513, es el uso de la violencia bélica para defenderse y mantener principios. Es el pantano –a modo de ejemplo– que vive el Cercano Oriente para autorizar la creación impostergable de un estado nacional palestino. Israel y el grupo de la Hoja de Ruta quieren un Estado débil sin actitudes bélicas ni armas pesadas para defender su territorio y por el contrario, el gobierno elegido por los palestinos quiere un Estado hostil dispuesto a armarse, pero con la condición de pactar una tregua por tiempo definido. El problema del mundo de hoy, tanto en el Oriente como en el Occidente es negarse a superar la alternativa violenta del diablo y del genocidio de Herodes contra los infantes nacidos en Belén. Ya los teístas parece ser que empiezan a renunciar a la violencia religiosa, por lo menos en el mundo cristiano después del precario arreglo de Irlanda del Norte y el escarmiento sufrido por los ortodoxos nacionalistas de Serbia. Es el movimiento del diálogo por la paz que instituyó Juan Pablo II en el pueblo de Asís en memoria de Francisco, el Bueno, y es el diálogo intercivilizaciones que adelantan algunos personajes de Naciones Unidas.

Lo importante es que el gobernante panameño dé instrucciones a su representante ante el Consejo de Seguridad para que se renuncie a la violencia en esta pacificación del terrorismo personal y estatal. Nadie está autorizado en nombre de Dios ni de la soberanía de un determinado país a matar ni a morir matando en nombre de la dignidad de su pueblo ni de la seguridad colectiva. En esto consiste la moral de un gobernante globalizado con visión humanitaria. La visión de estado es un arcaísmo que se agota en el estado de bienestar y de las leyes sociales que iguala a los desiguales económica y políticamente ante la administración de justicia. Ahora se vive la necesitada globalización ética de los políticos y de los pueblos.

Si el gobierno del PRD y del colectivo aliado que apoyó la ampliación del Canal está jugando al poder universal y nacional, tiene que descender de la nube del triunfalismo y ponerse a gobernar en beneficio de esa sociedad que no tiene salud ni medicamentos garantizados, no tiene servicio público de transporte, no tiene seguridad en las calles ni trato humano cuando ha sido detenido y, mucho peor, tiene una expectativa derrotista ante la ignorancia de sus gobernantes elegidos por el 47 % de los votantes.

El autor es catedrático universitario y abogado

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