| OTRO MEDIO.
La prisa por colgar a Saddam Hussein
El New York Times dijo lo siguiente en uno de sus editoriales de ayer, viernes, 29 de diciembre:
El punto importante nunca tuvo que ver con si Saddam Hussein era o no culpable de crímenes en contra de la humanidad. El registro público rebosa con la letanía de sus viles e imperdonables atrocidades: ataques genocidas en contra de la población kurda; agresivas guerras en contra de Irán y Kuwait; el uso de armas prohibidas internacionalmente como el gas neurotóxico; la tortura sistemática de incontables miles de prisioneros políticos.
Lo que en verdad tenía importancia era saber si Irak, libre de su letal control, podría llamarlo a rendir cuentas de una manera que fomentara la esperanza por un futuro mejor. Un juicio conducido con escrupulosa justicia podría haber ayudado a deshacer una parte del daño infligido por su mandato. Podría haber sentado un precedente para el estado de derecho en un país marcado por décadas de venganzas arbitrarias. Un proceso de dicha naturaleza podría haber fomentado una nueva unidad nacional en Irak, que fue manipulado por largo tiempo a través de sus divisiones religiosas y étnicas.
Podría haberlo hecho, pero no lo hizo. Después de un juicio defectuoso, politizado y divisivo, a Saddam le dictaron sentencia: muerte por ahorcamiento. Esta semana, en un superficial procedimiento de 15 minutos, una corte de apelaciones mantuvo dicha sentencia y ordenó que fuera cumplida a la brevedad. La mayor parte de los iraquíes están tan preocupados actualmente por brindarle protección a sus familias de una guerra civil, misma que se materializa en el horizonte, que al parecer les restan pocas emociones para enfocarlas en Saddam o, lo que es más importante, en sus propios sueños que se desvanecen de un Irak nuevo y mejor.
Lo que pudiera haber sido un parteaguas ahora da la impresión de ser otra oportunidad perdida. Tras casi cuatro años de guerra y miles de muertes estadounidenses e iraquíes, es incluso más difícil tener la certeza con respecto a si cualquier elemento fundamental ha cambiado para bien en Irak.
Esta semana empezó con una historia de soldados británicos e iraquíes que lanzaron un operativo sorpresa sobre una estación de policía en Basora, la cual ocultaba un calabozo secreto. Más de 100 hombres, muchos de ellos cruelmente torturados, fueron rescatados de lo que casi seguramente sería su ejecución. Podría haber sido una historia sacada de los días finales del mandato baathista en marzo de 2003, cuando tropas británicas y de Estados Unidos entraron a Basora creyendo que estaban liberando al subyugado sur chií. No obstante, era diciembre de 2006, y los hombres en estado deplorable que estaban siendo liberados eran prisioneros de las nuevas autoridades chiíes de Irak.
El derrocamiento de Saddam Hussein no creó de manera automática un Irak nuevo y mejor. Su ejecución tampoco lo hará.
Editorial de The New York Times de la edición de ayer, viernes
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