| CARTAS DESDE EUROPA.
Guerras mediáticas
Camilo José Cela Conde
El nuevo Orson Wells es belga y se llama Philippe Dutilleul. Al igual que el genio del cine, capaz de sumir a los Estados Unidos en el terror durante la noche de Halloween de 1938, Dutilleul desencadenó el pánico —el pánico político— en Valonia a principios de diciembre al anunciar en la televisión pública que la otra parte del país, Flandes, había proclamado su independencia terminando para siempre con la nación belga.
Más allá de las semejanzas entre ambos episodios —uso de los medios de comunicación de masas, amenaza imaginaria, locura colectiva—, las diferencias entre la broma de Wells y la de Dutilleul son muchas. Para empezar, el tamaño de la población afectada que, en términos absolutos, es gigantescamente desproporcionado en uno y otro caso. Pero ambos afectaron a una masa considerable de los ciudadanos. Quienes se creyeron que Bélgica había desaparecido fueron nada menos que nueve de cada diez espectadores del programa informativo de Dutilleul. También separa uno y otro engaño la amenaza en sí: no es lo mismo, desde luego, lograr que los oyentes crean que Flandes emprende su propio camino como Estado independiente que convencerles de que los marcianos han llegado a la Tierra. Sin embargo, el artilugio es idéntico en ambos casos. Se basa en la fe ciega que manifiestan muchos ciudadanos, por otra parte bien informados, en lo que las ondas transmiten y certifican a título de noticia. Estas tienen que tener, desde luego, ciertos visos de verosimilitud. Una invasión de marcianos se ve que los tenía si hablamos de los años treinta del siglo pasado —e incluso mejoraba lo que vendría muy poco después. La segregación de Bélgica es también creíble. Pero a partir de esos mimbres se pueden lograr cestos de muy diversa capacidad, condición y uso, de acuerdo con las intenciones que tengan los programadores de las falacias.
La de Orson Wells tenía muy escasa pretensión política. La de Dutilleul, por contra, estaba montada con plena intención de provocar un debate en términos políticos acerca de algo que, en Europa, supone un trastorno permanente: los propósitos independentistas dirigidos a la fragmentación de algunos Estados miembros de la Unión. Por más que el propio director del programa Questions à la une haya declarado que una ficción así no habría causado alarma alguna en España porque los ciudadanos no nos la hubiésemos creído de ser el País Vasco, por ejemplo, el supuestamente independizado, cabe plantearse si los españoles somos tan maduros como Dutilleul cree. A juzgar por el talante más bien de ciencia ficción política que algunos medios de comunicación españoles imprimen a sus pretendidas informaciones sobre el atentado del 11-M, por poner un caso lo bastante conocido por todos, cabría concluir que no es así, que en España hay caldo de cultivo más que sobrado para tragarnos desde las invasiones de los marcianos a la maldad independentista del parlamento vasco.
O bien nos creemos a pies juntillas lo que los periódicos y las radios inventan, o nos entretenemos tanto escuchando esas historias para no dormir que las damos por buenas —por provechosamente buenas, en términos políticos. Así que a la guerra de los mundos y de los belgas igual les sigue pronto la guerra de los españoles. Confiemos en que también sea en términos exclusivos de ciencia ficción.
El autor es escritor
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