| VALORES, ALEGRÍAS Y AMORES.
Lo que no tiene precio
Berna D. Calvit B.
bdcalvit@cwpanama.net
Mi Navidad podría servir para un comercial como los que presenta una tarjeta de crédito. Un boleto de avión de ida y vuelta a Washington DC, 600 dólares; un nuevo juego de maletas, $250.00; una chaqueta de invierno, $125.00. Ver a mi nieto de nueve años, cinturón rojo en tae kwon do, ganar su segunda raya camino al distante y ansiado cinturón negro, no tiene precio. Como tampoco tiene precio ver a mi larguirucha nieta pasar las pruebas para pertenecer al equipo de basquetbol. Estas son las alegrías y las satisfacciones que colman mi dicha de compartir la fiesta más hermosa del año con los que el resto del año aunque a miles de millas de distancia de mi Panamá, están siempre en mi corazón. Desde aquel trágico 11 de septiembre de 2001 viajar a Estados Unidos ya no resulta tan placentero, sobre todo a Washington DC, bella ciudad y capital del imperio, en la mirilla de muchos que no le tienen ni un poquito de cariño a Mr. Bush y su política exterior.
Antes de salir de Panamá prendí una vela para que los guardianes del señor Bush no me consideraran amenaza a la seguridad nacional; en el puerto de entrada, donde no es raro que a los visitantes nos hagan pasar malos ratos, mantuve cruzados hasta los dedos de los pies, rogando que al funcionario de inmigración, por cierto con cara de pocos amigos, no se le ocurriera llenar conmigo su cuota diaria de anti-inmigración. Después de marcar mis huellas digitales y de que me escanearan el iris del ojo (medidas biométricas de seguridad) para certificar que yo soy yo de verdad, seguía responder la amenazante pregunta del funcionario: ¿Qué viene a hacer a los Estados Unidos? Con la cara más "abuelada" del mundo di mi dulce respuesta: "A pasar las fiestas con mis nietos, la primera semana de enero regreso a Panamá y no se preocupe, que sólo vine de paseo".
Hasta allí la cosa iba bien. Luego a recoger las maletas y fue cuando empezó lo que sería un largo vía crucis que me hizo descubrir, entre otras cosas, que las maletas verde oscuro son preferidas por el 80-90 por ciento de los viajeros; la cinta transportadora daba vueltas y vueltas con decenas de maletas iguales a las mías, lo que me hizo decidir que mis próximas maletas serán color rosado encendido como las que usa Reese Whitherspoon, la chica de la película Legally blonde. ¡Reconocibles entre cientos! Creí que una vez pasadas Inmigración y Aduana había salvado los escollos más importantes. ¡Qué equivocada estaba! Lo que siguió me hizo sentir lo que deben haber sentido los que juzgaba la Santa Inquisición (que de santa no tenía nada). No nos dejan en ropa interior de puro milagro. Perdí tanto tiempo en las inquisitivas y largas filas que ni tiempo tuve para volver a calzarme las zapatillas (hace años descubrí que nada mejor que los tenis para cubrir rápidamente los kilométricos pasillos de los aeropuertos).
Cuando jadeante, y con los tenis todavía en la mano, llegué al punto indicado, encontré un letrero que decía Vuelo # Tal a Kingston, Jamaica. Me hubiera encantado ir de paseo a Jamaica, pero en ese momento yo quería llegar al aeropuerto Reagan en Washington DC. "Su gate fue cambiado a la salida número E8", me dicen en el mostrador, así que zapatillas en mano volví a salir disparada hacia el otro extremo del aeropuerto, corriendo como si Walter Mercado me hubiera estado persiguiendo. Prácticamente colgada del ala del avión, salí de aquella pesadilla.
Valió la pena el derroche de adrenalina pues aquí estoy, al lado de mi gente, celebrando la llegada del Niño Dios.
Este año mi lista de pedidos no es demasiado pesada. Bastante abrumado debe andar el pequeño Niño con los quebraderos de cabeza que le ha buscado el señor Bush en Irak; con los desalmados que trafican con las debilidades y las necesidades humanas; con los que llevados por la codicia del dinero y el poder se degradan y degradan todo lo que tocan. No voy a hacer que el Niño Dios pierda su tiempo en asuntos tan difíciles como aconductar a los diputados panameños; que al diputado Sergio Gálvez le descuenten del cheque las paveadas y que "cero corrupción" deje de ser expresión hueca. Más fácilmente se soluciona lo de los presos en Guantánamo o la guerra en Irak. Quiero que el Niño Jesús me traiga una buena dosis de paciencia; la del año pasado la malgasté en causas que parecen perdidas, (malos políticos, buseros, funcionarios corruptos, comerciantes de tierras depredadores de la naturaleza); en seguir esperando que algún día se aclare el misterio del helicóptero HP-1430 hundido a balazos, herencia que nos dejó la imperturbable ex presidenta Moscoso. He pedido una mega dosis de fe, pues este año la usé en abundancia para seguir creyendo que la democracia, (¡Oh, democracia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!) es el mejor sistema político; para seguir creyendo en mis hermanos universales. Quiero recibir una gran copa vacía para llenarla de optimismo; de entusiasmo por la vida y el trabajo; de gratitud por mi familia y los buenos amigos, siempre presentes en mi vida. Quiero seguir creyendo en que hay valores, alegrías y amores que no tienen precio.
La autora es comunicadora social
Además en opinión
• Los rentistas: John Bennett Novey • Un magnicidio no resuelto: Irving I. Domínguez Bonilla • Lo que no tiene precio: Berna D. Calvit B. • El control de los jerarcas del transporte: Juan E. Gómez • La oportunidad toca las puertas de Panamá: Delia Cárdenas
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