| TENDENCIAS.
El (posible) rescate de la década
780978Eduardo Ulibarri
Los años 80 fueron conocidos en América Latina como la "década perdida". Una mezcla de altos precios del petróleo, desbocado endeudamiento externo, desacertadas estrategias productivas e intensas confrontaciones político-ideológicas, paralizaron o hicieron retroceder a países aún controlados o rodeados por dictaduras.
El gran aporte de esos años, sin embargo, fue que la crisis engendró procesos democráticos. El continente entró en una década de estimulantes ajustes económicos e institucionales. Regresaron los gobiernos civiles, y vinieron momentos de apertura, privatizaciones e integración al mundo. Pero también hubo corrupción, mala administración, rezagos y muy pocas mejoras en los índices sociales. Y el balance fue, en gran medida, decepcionante.
La frustración se apoderó entonces de grandes sectores, con inevitables consecuencias electorales; entre ellas algunos giros hacia diversas modalidades de izquierda o populismo.
¿Estamos entrando ahora en un nuevo período, de reconciliación pública con la democracia, con el buen manejo de la economía, con la seriedad y con la estabilidad? Dar una respuesta rotunda sería irresponsable. Sin embargo, los resultados arrojados por un amplio estudio de opinión realizado en octubre por el Consorcio Latinobarómetro, en 18 países del hemisferio, da fuertes indicios para responder positivamente.
Cierto que aún el totalitarismo senil impera en Cuba; que una izquierda pendenciera gobierna en Venezuela y trata de imponerse en Bolivia; que México acaba pasar por un traumático cambio presidencial; que la inestabilidad no ha abandonado Ecuador, las narcoguerrillas aún afectan a Colombia y la inseguridad es una enorme plaga en El Salvador y Guatemala.
Sin embargo, entre diciembre de 2005 y de 2006 se han producido, con aceptable normalidad, 10 elecciones presidenciales en América Latina (cuatro de ellas con segunda vuelta), cuatro legislativas y municipales y dos referéndum.
El promedio del crecimiento económico latinoamericano y caribeño, de 2004 a 2006, supera el 5%, y los cálculos preliminares más fundamentados lo sitúan en 4.7% para el próximo año.
Consecuencia directa: el desempleo ha bajado, el consumo ha subido, las finanzas públicas han mejorado y la pobreza, aunque muy levemente, ha descendido.
Y como los hechos siempre tienen consecuencias, la renovada práctica electoral y los mejores resultados económicos han dado mayor solidez a las convicciones democráticas de los latinoamericanos. También han mejorado de forma apreciable su percepción sobre el entorno.
Las cifras del estudio, disponibles en www.latinobarometro.org, son diversas, pero entre las más reveladoras están las siguientes:
El 74% de los consultados respondió que la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno (cuatro puntos más que el pasado año), y 66% dijo que crea condiciones para prosperar.
Para 58 de cada 100 latinoamericanos, ella es imposible sin partidos, y para 55 no existe tampoco sin congresos.
El 32% (igual cifra que el pasado año) no es capaz de decir cuál es el significado de la democracia, pero para el 42% implica libertades civiles e individuales (seis puntos más que en 2005), seguidos por igualdad y justicia (para el 13%).
Incluso, aunque aún una enorme mayoría (69%) cree que los gobiernos son dominados por grupos poderosos, el 58% también dijo que buscan el bienestar de la gente.
Y la creencia en las posibilidades de movilidad social es apreciablemente alta: 58 de cada 100 respondió positivamente a la afirmación "una persona que nace pobre puede llegar a ser rico".
En todos los anteriores datos existen amplias diferencias entre países. Por ejemplo, Uruguay y Costa Rica son los que más creen en la democracia, mientras Guatemala y Paraguay se acercan más al autoritarismo. Sin embargo, las tendencias han mejorado.
La gran pregunta es qué pasará de ahora en adelante. Si asumiéramos que el movimiento sigue en la misma dirección, la conclusión sería que, en medio de diferencias nacionales, hemos llegado a la década de la consolidación democrática y del crecimiento económico. Sin embargo, el panorama es mucho más complejo.
Habrá que ver qué ocurre con las tendencias populistas-autoritarias de Hugo Chávez y Evo Morales. Pero, sobre todo, la clave será la capacidad de los gobiernos democráticos para rendir buenos resultados de forma sostenible.
Durante los últimos tres años, los buenos precios de los productos básicos, y el aumento de la demanda internacional, han permitido a muchos países mejorar sustancialmente sus ingresos sin grandes esfuerzos. Pero esto no puede ser una solución a largo plazo.
Los que hayan utilizado esas ventajas para introducir cambios y mejorar su capacidad productiva, probablemente seguirán avanzando, lo mismo que países sin grandes recursos naturales, pero con inteligentes estrategias de reforma económica, inversión, diversificación y vinculación a la economía internacional.
No importa cuál sea su estandarte de identidad ideológica, en los dirigentes que han conducido, o sean capaces de conducir, esos buenos procesos políticos, económicos y sociales, descansa la real posibilidad de que la modernidad, la estabilidad económica y la extensión de sus beneficios, junto a la democracia, al fin terminen de arraigarse en el continente.
Pero jamás el futuro será de los populistas, demagogos o autoritarios. Y la buena noticia es que, además de constituir minoría, han perdido terreno en la población latinoamericana.
El autor es periodista y fue director de La Nación, de Costa Rica
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