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Reportaje especial
Panamá, domingo 22 de enero de 2006
 
 
HABLEMOS DE LIBROS
AL APRISIONAR UN AVE EN LAS MANOS, SENTIMOS LATIR EL MIEDO A LA MUERTE
 
Matar un ave es el más cobarde y absurdo crimen contra la perfección. Ningún otro ser puede, con tan inefable belleza, ser relámpago y flor a un tiempo; pintar el cielo de colores; emitir, sin maestro, el eufónico sonido del sentir de la naturaleza; en la indefensión absoluta ostentar, sin embargo, la más auténtica libertad. Y recordarnos, con semejante derroche, que cada vida es irrepetible. 
 
BERNA DE BURRELL 
mosaico@prensa.com 
 
Las aves de Panamá, de Robert S. Ridley y John A. Gwynne, un libro sobre un tema que todos debíamos conocer: nuestro patrimonio natural de aves, uno de los más importantes del mundo. La exhaustiva información con imágenes de la gran variedad de especies de pájaros panameños con tonos insospechados de azules, verdes, turquesas, amarillos, dorados, rojos intensos, puede ser el comienzo. Es el resultado de una labor de cinco años y surgió por la necesidad de una guía con ilustraciones que hasta ese momento no existía.

Panamá, puente de verde humedad, propicia una cita perenne de la naturaleza. Aquí, la fauna y flora de Norte y Sur América se encuentran y se mezclan. Así de rica es. Y por más de un siglo, ha sido reconocida y de estudio obligado por los interesados en las aves. En la primera edición de este libro, 1993, se reportaron 883 especies en esta región. Considerable cifra, muy lejos de la registrada en toda América del Norte. Y lo que es más asombroso: en pleno siglo XXI aún hay áreas en el istmo muy poco exploradas en ese sentido. En lugares como la costa arriba de Colón, considerados parques nacionales, pueden observarse muchísimas especies en su hábitat y disfrutar sin mucho esfuerzo de su comportamiento natural. Por ejemplo, entre 6:00 y 6:30 de la tarde, gran cantidad de guacamayas realiza un espectacular vuelo de vuelta desde tierra firme hasta sus nidos en una de las islas. Es tan irreal y bello el rito en el atardecer dorado del Caribe, que aunque fuese sólo por eso, debe reforzarse la vigilancia y castigo a quienes violan las leyes de protección a las aves. Es prioritario que termine el contrabando que las condena a un cautiverio en tierras extrañas.

Tal es la fragilidad de un pájaro, que quizá en ello radica gran parte de su valor. Hay pues, mucha desmesura y crueldad en el acto de atraparlo. Si se le tiene entre las manos, su pequeño corazón se desboca y palpita tan fuerte y acelerado, que en segundos se siente el miedo del universo ante la muerte. Y cuánta cobardía es dispararle, pues se cree seguro en la indefensión de su nido e inasible en su vuelo. Protejámoslos. Volvamos al tiempo en el que los niños los amaban, aprendían a silbar sus melodías, los llamaban con nombres tiernos que no están en los libros, "sinsonte", por cenzontle (un gran imitador), "bimbín" (curioso y asustadizo), "piquigordo"... Algunos no cantaban, pero qué prestancia cromática en un simple piar: azulejos, "chuios", periquitos, cardenales, "macuás"... ¿Qué ha pasado con los niños, que ya no silban? ¿Por qué hemos ahuyentado el color y la melodía que atesoran nuestros pájaros?

Robert

Ridley

Con doctorado en Filosofía en la Universidad de Yale y gran pasión por la naturaleza, es en la actualidad miembro del Departamento de Ornitología de la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia y vicepresidente del Centro para la Conservación de las Aves Tropicales, RARE. Posee un caudal único de conocimientos sobre la avifauna panameña.

John A. Gwynne Jr., como subdirector de Diseño de la Sociedad Zoológica de Nueva York, está comprometido con la creación de nuevos tipos de exhibiciones zoológicas; con innovador estilo dirige el desarrollo de temas sobre la conservación de la vida silvestre. Arquitecto paisajista, es miembro de la junta directiva de la "Wildlife Preservation Trust International, y ha realizado ilustraciones de la avifauna de Colombia, Venezuela, Chile y Centroamérica; pero sobre todo, de Panamá.
Árboles nuestros, insectos metálicos y frutos de patio con lujo gurmé

¿No será la ranita dorada una princesa que su príncipe olvidó?

Panamá: puente biológico, de Stanley Heckadon-Moreno (2001).

Excelente, debería estar en todas nuestras bibliotecas y no guardado, sino ostentado. Cuánto conocimiento: Geología, peces y prehistoria -se le halla un sitio a Panamá en la historia de la tierra-. Peces de agua dulce -tesoro en peligro-. Arrecifes -mágico universo-. Las orugas de Panamá -hacedoras de nuestro nombre-. Y más capítulos insustituibles en sus temas.

Cien años de pintura, un instante en la historia. Pero, ¡qué instante!

Cien años de arte en Panamá, Pedro L. Prados, Mónica Kupfer; Adrienne Samos, Ángela de Picardi y Antón Rajer (2003)

Siempre que lo hojeo, recuerdo que hay un panameño que pinta con oraciones, él mismo me lo dijo. Y si por Alfredo Sinclair se ha de juzgar el arte en Panamá, tendríamos que decir que es místico, noble, simple y profundo, que alegra contemplarlo. En la pintura panameña hay mucho de lo bueno que somos. Los pintores recrean la esencia del mejor lado de sus pueblos. Y los pintores panameños que conozco, también en eso son excelentes.

¿Hay placer más grande que el de una delicia conocida y nueva en la boca?

Rumba Gourmet, Cuquita Arias Calvo (2004).

¡Qué libro! Da la sensación de que los sabores resplandecen. El de la yuca, la sandía, el humilde coco, cuya existencia va prendida al vaivén de las olas; el maracuyá, dorada muestra de la pasión que rezuma nuestra tierra, corvina, camarones, limón panameño, tan pequeño y poderoso, mandarinas, conchuelas... Lo nuestro sublimado. Sólo resta brindar por el buen gusto y la destreza culinaria, ¡salud!

¿Esos enormes guardianes de nuestros bosques, qué cuidan?

Árboles y arbustos de Panamá, Luis G. Carrasquilla (2005).

Imprescindible, un tesoro como los árboles que lo motivaron. Qué mensaje sobre su vital e imponente majestad y qué reconocimiento de cuánto les debemos. Cuánta ciencia. Como lo que sabe la gente que los respeta: por muy lejos que estemos del agua, la presencia de un "cuipo" indica que no moriremos de sed. Y si nos proponemos, hasta podríamos tener una lujosa tumba en un guayacán, con el sonoro amarillo de sus flores como puerta a la eternidad.

 

Ademas en mosaico

CARTA DE SANTA CLAUS A LOS DIPUTADOS
LOS BENEVOLOS
‘¡JAG HANUKA SHAMEAJ!’
LA QUEBRADA DE CAMPANA, ENTRE CASCADAS Y CAÑONES…
OBJETIVO: EL CHORRILLO
AL APRISIONAR UN AVE EN LAS MANOS, SENTIMOS LATIR EL MIEDO A LA MUERTE
GRANDES ‘CHEFS’, SEGUNDOS RESTAURANTES
EL ESPAÑOL PANAMEÑO
EL ESPAÑOL PANAMEÑO
UN MUSEO JOVEN Y ACCESIBLE

 



 
 
 
 
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