| PENSANDO EN MAMÁ.
Anclas amadas
Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net
Algunas fechas especiales no coinciden con el calendario de mis columnas. La fecha más cercana al Día de la Madre para mi escrito es hoy, 27 de noviembre, y tal vez sea mejor así; me gusta la idea de tener esos días, antes del 8 de diciembre, para pensar en mamá, en las madres en general.
Los que me leen se habrán dado cuenta de que frecuentemente cito a Mafalda. Por curiosidad busqué en internet, cuántas páginas web (en español) tienen algunos famosos. Einstein tiene 1 millón 420 mil; Cervantes, 1 millón 130; García Márquez, 1 millón 370; Hitler, 593 mil: el sida, 290 mil; Jonas Salk (vacuna anti-poliomielitis), 18 mil 900. Y mi entrañable Mafalda, dibujada y creada por Quino, tiene 780 mil, número respetable para una niña imaginaria tan importante que sus tiras han sido traducidas a más de 20 idiomas. Mafalda tiene la maravillosa virtud de decir cosas que a mí me hubiera gustado decir. Todo lo anterior es porque cercano el Día de la Madre recordé que en una de las tiras aparece Mafalda, que llega a casa y llama: "Mamá". Desde algún punto de la casa, la madre le pregunta: "¿Qué?". Luego dice Mafalda: "Nada. Sólo quería cerciorarme de que aún hay una buena palabra que continúa en vigencia". Recuerdo que nosotros, los hijos de Tina, hacíamos lo que hace Mafalda; los años me hicieron entender que oír su ¿qué? nos daba sensación de seguridad, de protección, ella era nuestro Peñón de Gibraltar, siempre allí para nosotros.
Ser madre es difícil; ella representa la autoridad contra la que nos rebelamos los hijos; nos dice verdades que preferiríamos no oír y da consejos no solicitados ni deseados que nos parecen innecesarios y arcaicos porque "la vieja se quedó atrás, no sabe cómo son las cosas ahora". Ser madre, me dijo la mía en aquel su hablar nicaragüense, "es serlo hasta el día que te murás". Los hijos se marchan, se casan, mueren o simplemente desaparecen para siempre por voluntad propia. Aún así, permanecen en el corazón de la madre. "Mijito, no tomes aspirina, acuérdate de tu úlcera", le dice al hijo cuarentón; "Maneja con cuidado", advierte a la hija-madre que ha recorrido por años las autopistas de medio mundo; "Pasen por la casa el domingo que les voy a cocinar un tamal de olla"; "¿Cuándo vas a dejar de fumar, muchacho?"; "Y ese pelo, ¿se murió el que te lo corta?" Así son, así somos.
Hasta nos cuesta aceptar lo que dijo el poeta Khalil Gibrán sobre los hijos en El Profeta: Vuestros hijos no son vuestros hijos/ Ellos son los hijos y las hijas de la Vida que trata de llenarse a sí misma/ Ellos vienen a través de vosotros pero no de vosotros/ Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen/ Les podéis dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos/ Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Las madres, al igual que los hijos, tienen defectos, montones de ellos. Porque las madres son mujeres con defectos y virtudes; no se hacen con moldes, ni ejercen su papel con un manual de instrucciones. Podemos ser impacientes (¡Cierra la boca y come!); muy estrictas o débiles; amigables y querendonas a morir, o parcas, poco dadas a los arrumacos y a la palabra amorosa. Hay madres que creen que su vida debe girar alrededor de los hijos y el hogar y otras, que no, que también tienen derecho a zafarse, aunque sea a ratos, para ir al Bingo, de paseo, a bailar o a la playa, lejos de la cocina y los pañales. También las hay, afortunadamente muy pocas, que se desentienden de los hijos. La madre no escoge al hijo, como tampoco la escoge a ella el hijo. ¿Cuántos no le han dicho en un momento de enojo: "Yo no te pedí que me trajeras al mundo, no pedí nacer". Pero pocas madres, tal vez ninguna, dice: "Yo no te escogí como hijo, ni te hubiera querido tener".
En Carta abierta a los hijos, de Silvina Bullrich, libro amarillento y manoseado que anda conmigo desde 1981, y que he prestado a muchas amigas, la escritora, con polémicos conceptos por cierto, confronta a los hijos que sientan a sus padres en el banquillo de los acusados; los pone "contra las cuerdas" y les muestra la otra cara de la moneda. Dice la autora: "Dirigirse a los hijos es dirigirse a nosotros mismos. A menudo se dice que los hijos de hoy juzgan a sus padres. Nosotros también lo hicimos, lo hacemos: la luz cruda de la vida hacía resaltar sus defectos, la luz mortecina de la muerte o de la ancianidad pone en relieve sus cualidades". Mi madre trató arduamente enseñarme a cocinar, pero la estufa y yo, hasta hoy, no tenemos relaciones amistosas; pero atesoro, como recuerdo de sus fallidos intentos, una ennegrecida paila y una bandeja ovalada que eran suyas. En lo que no falló fue en dejar huellas indelebles en mi vida; recuerdos que empezaron a brillar con fulgores bellísimos después de haberla perdido, fulgores que mi miopía juvenil, no me dejó apreciar debidamente. Algo que le pasa a casi todos los hijos. Los mismos que convertidos en padres, tal como lo hizo ella, también acuden al"Porque lo digo yo y no discutas" que tanto molestaba. En el Día de la Madre la honraremos en el recuerdo o en persona. Si le regalamos camisones o tostadoras, también regalémosle paciencia, cariño y comprensión a lo largo del año. Dijo Sófocles que "Los hijos son las anclas que atan a la vida a las madres". Y son anclas que las madres amamos.
La autora es comunicadora social
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