| ARGENTINA-URUGUAY.
Instrucciones para salir del laberinto
Emilio García Méndez
El conflicto entre Argentina y Uruguay debido a la instalación en este último país de una enorme fábrica de celulosa, cuyos efectos contaminantes en detalle todavía están por dilucidarse, cumplirá pronto un año de fase intensa. Sin embargo, más allá de la contaminación, tal como ésta resulta tradicionalmente entendida, la contaminación visual que genera la planta sobre una ciudad como la Argentina de Gualeguaychu, que ha hecho del turismo su fuente principal (y casi exclusiva) de vida, constituye de por sí un sobrado motivo para manejar los peores pronósticos.
Jamás, las relaciones políticas entre ambos países, que más que un pasado común, en realidad confunden sus orígenes, llegaron a tal nivel de deterioro. A dicho conflicto me referí en esta columna el día 7 de mayo de este año. De allí para acá, la situación no ha hecho más que agravarse. Una a una se han ido cerrando para la Argentina las diversas instancias de carácter internacional a las que se apeló en forma paralela a un proceso de movilización popular frente al cual el Gobierno argentino ha perdido no solo cualquier forma de control, sino además cualquier tipo de sugerencia o iniciativa, que no sea la esquizofrenia de llamar a la calma a los habitantes de la ciudad, mientras se aumentan los decibeles del conflicto con el Gobierno uruguayo.
La negativa del Tribunal de La Haya, que sin pronunciarse sobre el fondo del asunto ha rechazado lo que podría considerarse algún tipo de medida cautelar que detuviera las obras , la por lo menos cautelosa actitud del Mercosur y la recientísima decisión del Banco Mundial de otorgar finalmente el préstamo a la empresa finlandesa constructora de la fábrica, ha tensado la situación hasta límites intolerables. Incluso una muy recientemente comenzada intermediación del Rey de España está muy próxima a convertirse en un fracaso estrepitoso.
En una forma mucho más real que metafórica, la situación que se ha ido conformando se asemeja a un verdadero laberinto. Leopoldo Marechal, tal vez el más extraordinario y al mismo tiempo más desconocido escritor argentino fuera de nuestras fronteras, acostumbraba a decir que, "de un laberinto también se sale por arriba".
No hace falta ser muy brillante para entender que el "arriba" constituye aquí un verdadero desafío a la imaginación. Compartir con el pueblo, y, por qué no, con el resto de la dirigencia política argentina, la desorientación, en vez de refugiarse en la soledad del poder, puede constituirse en una forma inédita de recuperar el, a esta altura doloroso, pero inevitable camino del diálogo.
El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires
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