Acuciosos, atentos, cariñosos, solidarios: son lectores de oficio. Sienten placer de la lectura, aunque no se toman a juego los textos que consumen. Completan el mensaje con sus conocimientos. Contextualizan o lo relacionan con sus propias experiencias. Y no aceptan pollo por gallina de patio.
No desfallezca, me animan algunos, como si adivinaran que por momentos domina la perplejidad y el agotamiento en una batalla idiomática, sin lacrimógenas, sin bochinches y con el rostro descubierto. Hay quienes tratan de imaginar si me abotaga el disparate o si, por el contrario, lo celebro, pues se convierte en munición arrojadiza. En los mensajes que recibo a diario, por correo o teléfono, unos me piden permiso para enviar una que otra ‚perlita‚, sin sospechar que como agenciero retirado valoro el coraje y el esfuerzo poco ponderado del corresponsal en una provincia o en un país, siempre visto a menos por los editores de la metrópoli. ¡Corresponsales de La última palabra, uníos!
¿Hasta dónde puede llegar tanto entusiasmo? La gran mayoría de los correos son una palmada en el hombro de este autor. También para que aclare dudas, adopte posiciones, dé una luz sobre una palabra o un giro gramatical. Y para rebatir mis posiciones y puntos de vista sobre la vastedad de la lengua materna del 90% de los panameños. Más o menos. Cuando escuchan la voz me aseguran que calculaban que tenía más años, e incluso se piensa que debo ser un viejo juguetón, y, en mi cara, riéndose por un comentario de una columna, una amiga y lectora disparó: "viejo verde".
El lector profesional consume el producto con el diccionario abierto y se reconoce en algunos de los comentarios. En los acuerdos y desacuerdos.
Se siente representado en ellos. El portaviones particular de la última página de este suplemento-revista es la pasión por el lenguaje, nuestra lengua y el sentido común. El amor trasciende a la academia. No importa mucho el grado de escolaridad. Intelectuales y profesionales. Además amas de casa, técnicos, choferes (chóferes es en otros pagos) y autodidactos.
El mensaje lo completa el destinatario. Esa es una ley de la comunicación, que es tan poco considerada, a tal punto que siempre están en minoría los estudios de recepción. "Un término -afirma el maestro Eco- sigue estando incompleto aun después de haber recibido una definición formulada a partir de un diccionario mínimo". El carácter de la interpretación es infinito. El destinatario actualiza el artículo o cualquier otro tipo de texto y rellena los "no dichos", lo no manifiesto en la superficie del texto.
No podemos percatarnos a simple vista, pero el texto está repleto de espacios en blanco. El lector de oficio los rellena. Le da un sentido. Un texto debe emitirse para que alguien lo complete. Lo frecuente es tropezarse con un autoritarismo en el texto y considerar al lector un monigote. Ni bajo tortura voy a ofrecer ejemplos: hoy es domingo, día del Señor.
La competencia del destinatario no coincide necesariamente con la del emisor. En La última palabra nos movemos en un territorio común de defensa de la lengua española, en una sociedad cuya personalidad y organización política y cultural se han constituido en ese idioma.
Además con todo el respeto hacia el inglés, el mandarín, el gnöbe, el kuna, el bribrí, el buglé, el wuonán, el emberá y las otras lenguas que conviven en esta nación.
Respeto al lector de oficio. Contribuye en la construcción de un país en el que hay un día para el gato, el perro, el niño, el escolar, la mujer, el barrendero, los antimotines, el político. Hay el día del poeta, el día del idioma, el día del escritor. ¡Decreten el día del lector de oficio!
Lo dijo
Un corresponsal telefonea para transmitirme lo que acaba de escuchar en la tele: "Al cadáver del muerto se le hará una autopsia". ¡Qué precisión! Bendito sea Dios y no se le ocurra a alguien en el país de las maravillas ordenar autopsias a los vivos. ¡Quién sabe qué nos encontraremos en esos cuerpos! A la frase de marras solo faltó agregarle un término amado en estos trópicos húmedos: occiso. Además me informó que una maestra aseguraba en la tele también que unas personas subían para arriba y otras bajaban para abajo. Pleonasmo sin asco.