No pasaron más de 10 minutos de estar estacionado el carro frente a la casa de campo y ya todo el pueblo sabía que Gilberto había llegado al pueblo.
Era bueno saber aquello, pues Gilberto era conocido por su generosidad. A su puerta siempre llegaban los interesados en ofrecer algún servicio. “¿Será que el señor quiere limpiar el patio? Yo se lo puedo arreglar bien bonito”.
Así mismo llegaban albañiles, plomeros, carpinteros y, sí, también los vendedores de guandú y raspadura.
Pensarán ustedes que la generosidad de Gilberto funcionaba como imán. Pero la realidad era otra. Cada uno de estos personajes que se acercaban a su puerta iban corriendo la voz de que un nuevo habitante del pueblo encontraba difícil decir no.
La vida en el campo es muy difícil. Se encuentra uno con imágenes de pobreza que no alcanzan a ser comparables con las de la ciudad. En lugares distantes sencillamente no hay qué comer, porque las sequías o las inundaciones han dado al traste con las siembras, y las oportunidades para los campesinos son tan escasas y lejanas como sus escuelas y centros de salud.
Al enfrentarnos a esa realidad es imposible no ponerse la mano en el corazón y tratar de ayudar a estas personas de la manera en que podamos, ya sea con una libra de arroz, unos libros de segunda mano o un par de dólares para que la paila no quede volteada. Quienes tienen más posibilidades darán empleo a algunos lugareños o incluso organizarán un programa que pueda beneficiar a toda la comunidad.
Pero también es cierto que algunas mañas de ciudad se han ido apoderando de algunos pueblos que se van acercando a la “civilización”. Son más las historias de abusos por parte de estos empleados que aquellas que hablan bien del servicio
Así llegó Sergio un domingo al portal de Gilberto, ofreciendo “un ñame que se ablanda rapidito”.
Ñame a buen precio es una oferta que no se puede rechazar, pero ¿qué hace una persona con 25 libras de ñame de un solo golpe?
Eso no le importaba a Sergio. Todavía le quedaba medio día del domingo y quería irse a su casa.
Luego de una labia característica de vendedor de enciclopedias, Sergio se fue con 6 dólares en el bolsillo. Gilberto lo vería unas horas después en el portal de la tienda del chino con una botella en la mano.
Unas semanas transcurrieron y Sergio ya se sentía como en casa. Llegaba a conversar, y de paso a vender pipas, mandarinas, limones, lo que fuera. En una ocasión llegó con su hijo, el más pequeño, a ver qué se ofrecía.
Gilberto le ofreció la oportunidad de ganarse una platita. “Solo tienes que regar las plantas si no llueve”. Esto en pleno mes de octubre.
Cada fin de semana, puntual aparecía el jardinero asegurando haber regado tres veces en la semana. La última vez le dijo Gilberto, “Te mandé los 5 dólares con tu papá ¿te dijo?”. Él solo atinó a preguntar de vuelta ¿Qué cinco dóla?”
Esa madrugada cayó un aguacero memorable, pero aun así, al día siguiente llegó el chico diciendo “vengo a regar las plantas”.
Gilberto ya se estaba cansando, pero para darle una oportunidad al pequeño trabajador le dijo “siémbrame estas tres plantas”.
El muchachito pensó que le iba a resultar fácil ganarse la plata, pero eso de trabajar frente al patrón le costó mucho trabajo. A pesar de la demora, el chico se las ingenió para irse con su paga antes de que su progenitor apareciese en escena preguntando por el hijo, y no precisamente para ayudarlo. Un par de horas después llegó con más ñame.
Cobrados e idos el padre y el hijo, se preguntó Gilberto de qué manga se sacó Sergio el ñame que a última hora vendió al darse cuenta que no podría contar con los reales que había sudado el hijo.
Y, más detenidamente, pensó si no estaría él apadrinando la sinvergüenzura de un adulto y forjando el futuro de otro vago del pueblo ofreciendo dinero “fácil”, por trabajos inexistentes, no reclamando cuando se abusa de la confianza o sencillamente no exigiendo un trabajo bien terminado y a tiempo por el dinero que uno paga, por que “qué vamos a hacer...”.
A todo se acostumbra uno, mucho más si no nos cuesta.