| VIENE DE LA 1B. EPICENTRO DE LAS EMOCIONES DE LA CIUDAD.
El bullicio y los billetes
El edificio es querido tal cual. Sus habitantes viven de las ilusiones de diciembre o las de toda una vida.
| LA PRENSA/Maydée Romero |
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| COMPRADERA. Antes de los sorteos, la entrada de la Ave. Cuba hierve.769293 |
Rocío Grimaldo
rgrimaldo@prensa.com
Los arquitectos José Burgos y Luis Carlos Barrow querían que en la plaza se vendieran los billetes y que está estuviera al descubierto y accesible todo el día.
Establecieron una cochera en la Avenida Cuba para que la gente se pudiera bajar con comodidad de vehículos, y una parada en la Avenida Perú para que los buses no se detuvieran en la calle. Además, se quiso que el edificio siempre estuviera de color blanco.
Ha habido cambios, pero a pesar de esto, Barrow dice que cuando ve la Lotería se siente "muy contento". "Lo bueno es que se ha mantenido la pureza estructural", explica.
La gente sigue asistiendo a la Lotería, a comprar billetes, a echar cuentos, a comprar guachito, y, con suerte, a ganar.
CARIÑO DE VERDAD
El edificio de la Lotería es un punto de encuentro y a la vez el sitio de trabajo de muchos panameños, funcionarios de la institución y vendedores.
Antonio Rodríguez, de La Palma de Santiago ("donde está la gente buena", asegura), llega a las 2:30 a.m. todos los días a vender frutas y verduras en una esquina.
Tiene siete años en esta faena y aclara, que él no hace competencia a nadie porque ya tiene clientela.
"Todo el mundo tiene que comer, así que uno no puede ser tan egoísta. Hay que dejar que los demás coman".
Elisa Ortiz de Vargas, de Revisión de Premios, explica: "En la lotería no hay egoísmo. Nos ayudamos bastante y ese es el potencial más grande que tiene la lotería".
¿Tendrá algo que ver aquella bonificación que reciben a fin de año?
"Para todos los funcionarios el mes más feliz es el mes de diciembre...", confirma Analida Casa, que ha laborado 35 años en la institución.
Mitzila Aizpurúa, educadora y jefa de la biblioteca, con 26 años de servicio, está de acuerdo con eso, pero lamenta que la estructura ya no es "la tacita de oro" que era cuando ella empezó a trabajar allí. "Está todo deteriorado. No le dan mantenimiento", señala.
Aizpurúa admite que le tiene cariño al edificio y que su satisfacción laboral radica en que le permite tener una relación con el público. Unas 500 personas acuden mensualmente a esta biblioteca.
A final de cuentas el contacto con la gente es lo que alegra el día a día.
Lina Coparropa, billetera de 83 años de edad, educó a todos sus hijos con sus comisiones.
"Lo mejor de ser billetera es la comunicación que tienes tú personalmente con los seres humanos. Esa comunicación es muy importante, como también tratar a los seres humanos como se merecen".
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