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Reportaje especial
Panamá, sábado 25 de noviembre de 2006
 

PANAMÁ EN EL CONSEJO DE SEGURIDAD.

Los principios y la política exterior

Carlos Iván Zúñiga Guardia

No es poca la responsabilidad del Gobierno de Panamá al ingresar al Consejo de Seguridad. Si bien es cierto que es el Estado panameño el escogido, la línea a seguir la fija el Ejecutivo de la Nación. La responsabilidad es grave porque los conflictos entre países se agravan y el mundo siente la ausencia de un organismo mundial que efectivamente pueda imponer la paz o amortiguar las controversias.

El Oriente Medio, Irak, Afganistán y algunos pueblos de África llevan ritmos de vida que se aprecian como infernales. Lograr la paz en esos pueblos debe ser un objetivo de toda la humanidad. Pero los esfuerzos que se proyectan carecen de poder coercitivo o los países involucrados en las pugnas los rechazan sin dar razones. La feliz iniciativa de paz auspiciada por el Gobierno español para lograr la armonía donde existen baños de sangre y que se destina específicamente al conflicto entre palestinos e israelíes fue rechazada rotundamente por Israel.

Las naciones mediadoras deben persistir en su empeño porque muchas veces los rechazos son reacciones de líderes obsesionados no por la paz, sino por la victoria.

Es evidente que la mediación oficiosa de gobiernos altruistas, al margen de las Naciones Unidas, es un reproche al papel del organismo mundial por deficiente o no eficiente para todos los casos.

Esta contradicción invita al pueblo llano a muchas reflexiones ¿Por qué no se es eficiente en todos los teatros de guerra? ¿No puede jugar la ONU algún papel realmente milagroso en Irak? ¿Por qué lo juega en el Líbano, aunque tardíamente? ¿El recurso del veto es lo que frena la misión pacifista de la ONU?

Las interrogantes pueden despejarse según el conocimiento de cada lector. Pero lo que aflora en todo juicio crítico sobre el papel de la ONU es que en las pugnas bélicas internacionales no cumple con su misión originaria o los poderosos que comandan toda política guerrerista son unos monstruos que guillotinan los principios que dieron nacimiento a la ONU.

En esta encrucijada los países pequeños en el Consejo de Seguridad aliviarían sus cargas si ajustan su conducta a los principios universales. Sería el papel de Panamá.

Los principios están diseñados en la Carta de las Naciones Unidas. También, decía en crónica anterior, en la Carta Atlántica. Esta carta posee el singular valor de que contiene un mundo de esperanzas para los pueblos de la tierra concebido, dicho mundo, precisamente cuando el eje nazi-fascista derrumbaba en los campos de batalla las reglas de oro de una convivencia civilizada.

Esta carta firmada por Churchill y Roosevelt el 14 de agosto de 1941 es un documento de muchas definiciones y promesas, todas fundamentales. Pero me limitaré a recordar la octava declaración que es todo un compromiso con la paz. Los firmantes del acta expresan que: "están convencidos que por razones practicas y espirituales, todas las naciones del mundo deberían convenir el abandono del uso de la fuerza. Puesto que ninguna paz futura podría ser mantenida si los Estados que amenazan, y pueden amenazar, con acciones fuera de sus fronteras, continuaran empleando armas terrestres, navales y aéreas, los firmantes consideran que, en espera de que sea establecido un sistema de seguridad general, es indispensable proceder al desarme de esos países. De manera análoga, ellos promoverán e incentivarán todas las medidas practicables para reducir el peso aplastante del armamentismo sobre los pueblos amantes de la paz".

Por esos fines lucharon los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Esa fue la promesa que se dio a todos los seres de la tierra. Promesas hoy incumplidas, pisoteadas. Fue una proclama que inspiró luchas internas en muchos países que padecían tiranías o que anhelaban mejores días para sus pueblos. Fueron las promesas para que ante el empuje nazista no muriera la esperanza.

Los que vivimos la Segunda Guerra Mundial y diariamente éramos informados del paseo triunfal de las hordas hitlerianas presentíamos con temor que el pensamiento democrático dejaría de ser alternativa política para la humanidad.

El protagonismo de Roosevelt como excelente adalid del mundo libre y la tenacidad ejemplar de Churchill simbolizaron una luz ante la sombra que proyectaba la guerra. De modo que la Carta Atlántica tiene un mérito mayor que la suma de principios contenida en la Carta de las Naciones Unidas. La Carta Atlántica es un promesa dictada en plena guerra. Esa es su fuerza moral y su compromiso.

Es fácil para Panamá marcar la brújula de su política en el Consejo de Seguridad. La cláusula octava, norma moral, podría dar rumbos lúcidos ante tantas locuras para retomar y concretar las promesas de los adalides de la Segunda Guerra Mundial.

En esa línea Panamá actuaría como pez en el agua. Fundada en los principios nada mediatizaría su política exterior: ni la fuerza de los intereses de las grandes potencias ni el pase de factura de quienes armaron en su favor la carambola triunfal.

La Carta Atlántica, en su conjunto, es la bandera moral de la ONU y debe ser pedestal y camino de la delegación panameña.

El autor es abogado y fue rector de la Universidad de Panamá

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