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Reportaje especial
Panamá, domingo 19 de noviembre de 2006
 

CRISIS SANITARIA.

Salud: seamos honestos

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Pese a sus imperfecciones, la democracia es el mejor modelo de gobierno. Sin embargo, debido a la mentalidad sectorial, gremial o individual que exhiben numerosos ciudadanos, es también la mejor forma de atorar la búsqueda de soluciones que redunden en el beneficio colectivo. Por tanto, a veces conviene actuar con mano dura y tomar decisiones drásticas, basadas en una conciencia ética que procure el bien común, sin importar las "pataletas" que puedan generarse por parte de críticos y politiqueros de oficio. Ahora que existe voluntad política, forzada por la grave tragedia sanitaria acontecida en el país, para reformar drásticamente el sector salud, en aras de evitar crisis recurrentes y optimizar los recursos existentes, se avecinan obstáculos difíciles de superar a menos que la sociedad tome conciencia de la delicada situación y apoye decididamente los cambios, desenmascarando a los que se opongan, basados en una agenda repleta de mezquinos intereses.

A mi juicio, los cuatro elementos que necesitan ser abordados con contundencia son credibilidad, eficiencia, humanización y calidad. Es alarmante el grado de desconfianza que existe hacia gobernantes y directores de instituciones. El Gobierno debe procurar, con honestidad, revertir la crónica mala imagen de la clase política y restaurar la credibilidad ciudadana. El anuncio de indemnizar a los familiares de las víctimas y designar al prestigioso abogado Juan Antonio Tejada como defensor de los afectados es pródromo de buenas intenciones. Para que las acciones preliminares no sean juzgadas como cosméticas, falta todavía mucho por hacer. Debe determinarse, a la mayor brevedad posible, la responsabilidad o culpabilidad que propició el desastre y separar o castigar, de forma ejemplar, a las personas involucradas, aunque gocen de la amistad del Ejecutivo. Me parece irresponsable, no obstante, calumniar contra alguien específico sin esperar la sentencia del Ministerio Público. Debe depurarse, además, todo rastro de clientelismo que aceche a funcionarios potencialmente corruptibles del engranaje estatal. Ese repugnante hedor se respira al entrar en toda institución pública.

La unificación del modelo de atención es una tarea harta necesaria que no admite más postergación. La duplicación de recursos o actividades y la descoordinación entre las dos cabezas sanitarias ya superaron el umbral de tolerancia. La ineficiencia del sector es apabullante. Panamá gasta demasiado en salud, en relación a su producto interno bruto, pero los logros no marchan en concordancia paralela. La eficiencia, empero, no se logra exclusivamente con la unificación. El recurso humano, administrativo y técnico, debe ofrecer un rendimiento óptimo en consonancia a su capacidad. Los médicos debemos entonar el mea culpa y reconocer, de una vez por todas, nuestras deficiencias y errores. Basta de excusas y chascos. Un apreciable porcentaje de facultativos incumple horarios y obligaciones contractuales. No porque estudiamos más tiempo y sacrificamos gran parte de vida familiar y social, significa eso que tengamos corona, seamos superiores a los demás o podamos burlar las reglas a nuestro antojo sin recibir penalidades. Resulta bochornoso percatarse de que ante actos de impericia perniciosa e inasistencia laboral, los gremios emergen inmediatamente para cubrir con estiércol dialéctico la irresponsable práctica y los jerarcas del ramo silencian el ruido para evitar huelgas y preservar su imagen política. En las conquistas gremiales se vierten muchas promesas, pero luego se cae en el conveniente olvido. Ahora se reparte gran cantidad de dinero para pagar turnos médicos pero, aunque el emolumento es justo, eso no se ha traducido en evaluaciones rápidas y oportunas de los pacientes. Una vergüenza. La estabilidad y sobresueldo del galeno debe estar supeditada a su desempeño y productividad en atención, docencia e investigación. Así de sencillo.

La medicina moderna ha experimentado avances tecnológicos y académicos notables, pero a cambio de una lamentable deshumanización de sus servicios al paciente. Considerable evidencia indica que la mejoría de una dolencia se debe más al manejo generoso y receptivo que brinda el profesional sanitario que a la terapia misma. No hay enfermedades sino enfermos. El arte de la medicina es educar y apoyar al enfermo mientras la naturaleza, por si sola, se encarga de curar la enfermedad. Debemos retomar la idea del médico general o familiar de cabecera para que los pacientes, cada vez que asistan a sus citas, establezcan vínculos de mutua confianza con sus galenos y puedan evaluarse, de forma rápida y certera, las respuestas o complicaciones que surjan del fármaco prescrito. Además, el trato que reciben los enfermos o sus familiares, por parte del personal administrativo, deja mucho que desear. Da tristeza ver que los mismos funcionarios de centros hospitalarios públicos despliegan mayor cortesía y cordialidad cuando atienden pacientes a nivel privado.

Finalmente, urge garantizar una prístina calidad en la prestación ofrecida al paciente. El manejo de toda enfermedad debe basarse en evidencia científica y no en empirismos o caprichos personales sin sustento experimental documentado. Los protocolos de atención deben estandarizarse y aplicarse a nivel nacional. Los medicamentos y remedios alternos, originales o genéricos, deben ser de calidad contrastada y pasar rutinariamente, sin excepciones, por controles rigurosos aleatorios que aseguren seguridad y eficacia. La creación de una autoridad autónoma de análisis y registros sanitarios, representa un paso vital para prevenir eventos adversos serios secundarios al uso de medicamentos de escasa inocuidad y calidad. Creo relevante resaltar, además, que la salud no depende únicamente de los prestadores, sino de un compromiso de responsabilidad compartida. Una persona que fuma, abusa del alcohol, practica hábitos sexuales de riesgo, come chatarra, no elimina criaderos de mosquitos, no acude a citas de vacunación, etc., no puede pretender que el Estado lo cuide gratuitamente como niño o exprimir el sistema sanitario sin ningún tipo de castigo tributario adicional.

Presumo que saldrán los revoltosos de siempre a intentar obstaculizar el proyecto de unificación. Así como la población hizo fracasar la reciente huelga de educadores, insto a repetir la hazaña si se suscitan protestas espurias similares. Empeño mi palabra, ante ustedes, de la transparencia y seriedad con que trabaja la comisión de garantes que fiscalizará y aportará ideas a las reformas. Si lo hacemos pensando únicamente en Panamá, y no en parcelas de pertenencia, saldremos indemnes. No me considero tonto útil. Si el camino se tuerce, mi denuncia se encauza.

El autor es médico

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