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Reportaje especial
Panamá, viernes 17 de noviembre de 2006
 

PERSEVERANCIA.

...Y triunfó el idioma español

Horacio Bustamante

Últimamente se ha comentado en este diario el valor insuficiente que se le está dando en el mundo a nuestro idioma español.

Esto trae a mi memoria un acontecimiento extraordinario que ocurrió en el año 1974 en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) cuando yo era embajador de Panamá ante ese organismo.

Tras mi nombramiento, no pasó mucho tiempo para que me llamara la atención que toda la correspondencia y publicaciones que llegaban a mi delegación eran en inglés, idioma que, junto con el francés, eran las dos importantes lenguas de trabajo en las que se publicaban y enviaban a través del mundo la gran mayoría de los documentos de la Unesco.

Tras averiguar en qué proporción se usaban estos idiomas, llegó a mi conocimiento que en el 80% de los documentos que se repartían dentro de la organización o en aquellos que eran enviados a los países de habla hispana no figuraba nuestro idioma, el cual tenía una modesta participación junto con otras lenguas en el restante 20% de las publicaciones.

Fue tal mi indignación que me propuse iniciar una campaña para que nuestra lengua se usara en la Unesco en la misma proporción que el inglés y el francés.

La tarea iba a ser ardua, pues desde un principio y al correrse la voz dentro de la Unesco de que la delegación de Panamá iba a emprender una lucha en este sentido, no sólo los responsables del presupuesto se levantaron en contra, sino que los países árabes empezaron a exigir un tratamiento similar para su lengua.

Ninguno de estos dos obstáculos me amedrentó y decidí formar un comité que llevaría el nombre de "Comité en Defensa de la Lengua Española".

Tras hacérseme el honor de nombrarme presidente, comenzaron las reuniones de todos los embajadores de países hispano hablantes para preparar un proyecto de resolución que revolucionaría la Unesco.

En esta labor pasamos casi dos años esperando la conferencia general que tendría lugar en París en 1974 y en la cual se decidió presentar el proyecto de resolución.

Recuerdo el día en que el director general de la Unesco, Amadou Mahtar M´bow, gran amigo mío, me llamó a su despacho para pedirme que renunciáramos a lo que él llamaba "una locura" que iba a costar a la organización una suma fabulosa y que el comité del presupuesto no cesaba de repetírselo. Yo le contesté que con razones lógicas y de justicia yo había iniciado ese movimiento y que además era tal el entusiasmo de todos mis compañeros de idioma que ese proyecto estaba lanzado con tal fuerza que era imposible detenerlo... recuerdo que antes de retirarme de su despacho y al ver tan preocupado al director general, le dije: "para usted, querido amigo, no todo está perdido, pues falta el voto de los países de la Unesco que se pronunciarán en la conferencia general y que pueden rechazar nuestro proyecto de resolución".

Dos meses antes de la conferencia general en París, inicié un trabajo de hormiga visitando a todos los delegados permanentes de la Unesco para pedirles su voto... era nuestra América Latina entera unida en una causa justa y hermosa con el abrazo de la madre patria, España, que durante dos años no cesó de aplaudirnos.

Los embajadores de los países latinoamericanos teníamos confianza, sin embargo, planeaba por encima de nosotros una duda, pues, la poderosa Unesco no había dejado de moverse para que no fuera aceptado el proyecto que iba a presentar la República de Panamá, apoyado por 23 países más.

Este proyecto de resolución, que sería el punto 17.4 del orden del día, enumeraba todas las razones que habían conducido a su presentación, y pedía al director general de la Unesco "que el idioma español reciba dentro de la Unesco el mismo tratamiento que los idiomas de trabajo más difundidos de la organización y, para tal efecto, que presente a la Conferencia General, en su próximo período de sesiones, un proyecto para llevar a cabo esta equiparación".

Y a continuación se enumeraba todo lo que incluía el proyecto.

Y llegó la conferencia general en París, a fines de 1974. Cuando me tocó pronunciar el discurso al que todos los delegados del mundo teníamos derecho por turno, le di un énfasis enorme a la lucha que en nombre de Panamá y junto con mis compañeros de América habíamos desarrollado durante dos años en defensa de nuestro idioma... Sin duda transmití mi emoción a los delegados que llenaban la sala, pues al finalizar mi discurso y elevar la voz para decir ¡viva el idioma español!, no solo vi ponerse de pie a los embajadores de los 23 países de habla hispana presentes en la sala, sino muchos delegados de otros países que iban a apoyar nuestro proyecto.

El nombre de Panamá estaba en boca de todos los latinoamericanos, pues uno de los países más pequeños de América estaba tratando de conseguir algo que facilitaría la comunicación de todo nuestro continente con la Unesco, a través de todas sus publicaciones en español.

El día de la votación fue uno de los más felices de mi vida. Por gran mayoría el proyecto fue aprobado. Mi gran felicidad era haber realizado esta proeza como embajador de Panamá poniendo siempre por delante el nombre de mi país. Panamá enaltecía nuestro idioma, Panamá había vencido todos los obstáculos, Panamá salía victorioso de una batalla casi imposible de ganar... una verdadera epopeya.

Pasado un corto tiempo se presentó un día en mi delegación el embajador de España ante la Unesco. Me traía una noticia conmovedora. Yo había sido distinguido por el Gobierno español con la más alta condecoración en educación "La Gran Cruz de Alfonso Décimo El Sabio". Unos días después el embajador me la puso en una emocionante ceremonia en la Embajada de España, en París.

El autor fue embajador de Panamá

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