| DESFILES PATRIOS.
La revolución del sonido bestial
Jaime A. Porcell
Por encima, lo que un observador ve en los desfiles patrios son escoltas, batallones, bandas de música, de guerra, y de liras. Más allá de lo aparente, en la avenida se resuelve una confrontación de fuerzas que es pura emoción concentrada.
Desde siempre, en las autopistas del arte colisionan dos tendencias. Una, la tradicional, con su público selectivo, estable y más informado, y por ende, más exigente que el promedio. Esta élite superior que degusta de un repertorio restringido y culto, no resulta fácil de complacer más allá de este. No es raro encontrar entre ellos profesores, profesionales, gerentes y hombres de negocio, todos aficionados exquisitos, amantes apasionados de la buena música.
Si usted observa durante el desfile, notará que, al paso de las bandas de música de los bomberos, la policía y la Republicana y sus repertorios de aromas añejos, el público escucha las ejecuciones con fina solemnidad, mientras transpira el más puro sentimiento patriótico. Es que las marchas están pensadas por un compositor sapiente para llamar a escuchar con esa solemnidad.
Pero… en el otro extremo del tinglado, asoma el rabo un diablillo contrapuesto que, igual que su rebelde ancestro congo, bebió la pócima de los tambores africanos. Y viene acabando con los pela´os.
"Bestia" es, para los jóvenes panameños, sinónimo de grandioso, de espectacular. "Sonido bestial" llamó en los ‘70s el salsero Richie Ray a una especie de incendio energético instrumental, a una propuesta de revolución sonora. Las bandas independientes, el Hogar, Panamá 2,000, La Heroica (de La Villa), La Varela (Pesé), etc., sacudieron la centenaria tradición marcial y desplegaron su creatividad en dirección a complacer a un público masivo que encuentra identificación en los sonidos de su época.
Las bandas independientes redimensionaron tambores y tenores, sin miramientos importaron redobles, de la salsa, el típico, merengue y de las escuelas de zamba del Brasil. Incorporaron al repertorio los hits del momento comprimidos a las cinco notas de los clarines. La revolución tuvo que alcanzar también al batallón que ahora, más que a marchar, está invitado a coreografiar en una especie de contramarcha con mucho de espectáculo y poco de militar.
Mientras que las bandas tradicionales suenan como para dioses, el sonido bestial desarrolló la facultad de convocar en la avenida a ese animal gozador que habita en el barrio, y que al son de su repique, ruge y brama.
En la cúspide del movimiento aparece una que causa conmoción en la avenida y que de lejos remeda un canto de guerra zulú. Este 3 de noviembre la escuché tocar a sólo centímetros, no sé si por 15 segundos, minutos u horas. Con el tiempo detenido, los percusionistas, más que tocar, exprimían las posibilidades sonoras de la caja. Los clarines jugaban con el sobreagudo. Y de esa amalgama, emergía un canto inédito, grandioso y vital. La creatividad desbordaba en cada sección, con cadencias de jazz, de salsa, de típico. No, la Banda Independiente Búho de Oro no es una banda, eso serán las otras. Es el mismo sol de una galaxia fuera de este mundo.
Por supuesto que el Ministerio de Educación pretendió maniatar la sombra de la bestia. Prohibió a las independientes cruzar el puente, censuró reggaes de los desfiles y exiló minifaldas, escotes profundos y lentes oscuros. Y si hay violencia, sorna y rebeldía en la manifestación artística de las bandas, es porque son el reflejo de un gueto donde se convive con ellas, y lo que es peor, se les rinde culto.
En música, y eso no falla, las vanguardias de abajo son tildadas por las élites dominantes, de sórdidas y banales. Aquellas pagan su osadía con censura y persecución. O acaso no sucedió a los jazzistas, tangueros, boleristas, rockeros, (y ahora a regueseros) antes que salieran del arrabal y se impusieran en el gusto, incluso de aquellas mismas élites. Pobre B.IN.B.O., con la misma fuerza con que conecta con el público en la avenida, desconecta con las autoridades. El Brujo lo dijo "Yo soy Maelo, el incomprendido…".
El autor es analista de mercado
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