Resucitaron los honorables para decidir un asunto sumamente delicado: cuál será el paradisíaco hotel donde se reunirán para discutir las prometidas reformas al código interno de la Asamblea. La verdad es que no merece la pena centrase en la anécdota, aunque dé pie para ello, sino pedirle al reelecto presidente del Legislativo que, de una vez por todas, cumpla con su promesa de reformar ese código, ponga coto a los abusos de los diputados inescrupulosos y dé ejemplo a esta ciudadanía que clama por alguna señal positiva en el marasmo de nuestra particular política criolla.
Los diputados, a quienes la sociedad percibe como una caterva de aprovechadores, tienen el deber moral y la necesidad política de renunciar a tantas prebendas injustificadas y así intentar sanear su imagen, consistentemente estropeada. Después de solucionar ese detalle –de tanta importancia- les urgimos a poner manos a la obra y a legislar. Pero creando leyes que verdaderamente ayuden a planificar el desarrollo del país.
Ojalá hagan esto y nos demuestren que el Palacio Justo Arosemena sí puede ser reducto de hombres y mujeres interesados en mejorar la Patria.
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