| BOLIVIA.
Maldita riqueza y comercio
Carlos Rodríguez Braun
Maldita riqueza. Grupos de mineros bolivianos se enfrentaron para controlar los yacimientos de estaño más ricos del país. Hubo varios muertos. El vicepresidente e ideólogo del régimen, Álvaro García Linera, acusó a los grupos de actuar "por la codicia" y afirmó que esos yacimientos se han convertido en una "maldición".
Esta idea no es infrecuente a la hora de ponderar la situación de los países pobres. Por ejemplo, se ha dicho que el petróleo es malo para Nigeria y otros países subdesarrollados; pero es paradójico que el mismo petróleo sea bueno para los noruegos y malo para los africanos.
En el lamento del señor García Linera se oculta lo que ha sucedido en Bolivia durante el último medio siglo: la inseguridad jurídica. Ya en 1952, y con el mismo argumento que esgrime ahora Evo Morales, el Estado boliviano expropió a la familia Patiño. Desde tan progresista comienzo hasta hoy han abundado las marchas y contramarchas, y los contratos incumplidos. Pero don Álvaro no aclara que esto tiene que ver con que la propiedad ya no fue claramente privada nunca más.
Si los gobiernos proclaman que la mina de estaño del cerro Posokoni debe ser del "pueblo boliviano", eso mismo anima la codicia: habrá muchos que piensen que el estaño es suyo, y algunos estarán dispuestos a matar para conseguirlo. En una economía de mercado esto no es posible: para tener cosas hay que convencer al propietario para que las venda. Pero si las cosas son "del pueblo", entonces hay que cogerlas.
Pero no es original ni fundamentalmente un tema de codicia, y los recursos naturales no son una maldición. La maldición es que no haya propiedad privada pero, claro, esto es algo que no entra en la progresista mente del señor García Linera.
Comercio. Andreu Missé escribió en El País: "La historia económica reciente ha desvanecido los supuestos beneficios de la sacrosanta liberalización comercial".
Lo que ha sucedido con el comercio en el mundo es que las restricciones a esta actividad han tendido a disminuir, mientras que los volúmenes y valores intercambiados han tendido a aumentar. Esto podrá suscitar cualquier opinión, podrá disgustar a los socialistas e incluso a algunos liberales, que habríamos preferido una liberalización más profunda, unilateral y generalizada; a algunos liberales incluso nos da la risa eso de "la imparable globalización neoliberal" cuando resulta que la movilidad del recurso más importante, la gente, enfrenta cada vez más restricciones. Pero lo que no se puede decir es que en tiempos recientes el comercio globalmente se redujo y el proteccionismo subió.
Otra cosa sería afirmar que la liberalización comercial no es todo en la vida y de hecho puede coincidir con poca libertad en otros campos, tal como sucedió en la España franquista desde finales de los años 50, y sucede en China desde hace un par de décadas. La liberalización comercial también puede ser asimétrica e incompleta, y coincidir con políticas económicas que también integren elementos contradictorios, y al final aboquen a los países a crisis más o menos catastróficas, como ocurrió en Argentina.
Pero nadie piensa que la liberalización comercial es algo sacrosanto, y nadie dijo que la liberalización comercial rebosa con infinitos efectos beatíficos. Lo que sí se afirmó es que dicha liberalización probablemente estimularía el comercio, como así ha sido. Y también se dijo que ese comercio mayor es caeteris paribus mejor que un comercio menor. Si a don Andreu esto le parece falso, debería indicarnos qué beneficios obtuvieron los países donde la liberalización comercial no se ha producido y donde el comercio ha disminuido.
Firmas Press. El autor es economista argentino. Profesor de historia de la economía en la Universidad de Madrid.
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