| EL HOMBRE COMO OBJETO Y FIN DEL DESARROLLO.
Arquitectura para la ciudad
Raisa Banfield
¿Qué es arquitectura?... es la fulminante pregunta que nos hacemos desde los tempranos días de formación universitaria. Ante la incógnita planteada por los catedráticos en los centros de estudios universitarios, muchos de los futuros profesionales de la "creación de ciudades" -deseosos por demostrar el "profundo" conocimiento del tema- se explayan en las más variadas definiciones, desde la clásica: "arquitectura es la ciencia y el arte de crear espacios….", hasta la polémica afirmación: ¡arquitectura es todo!
Sin embargo, más allá de sus definiciones, lo cierto es que la arquitectura juega un papel preponderante en el quehacer de todo ser humano, desde su entorno particular al colectivo.
La obra arquitectónica, como la de arte, es capaz de producir las más diversas sensaciones y emociones; la magnificencia de una obra puede elevarnos o aplastarnos terriblemente; conmovernos o producirnos náuseas. Un espacio nos puede hacer experimentar las más increíbles sensaciones de confort, al punto de no querer salir de él o por el contrario, desear no haberlo visitado jamás. Es por ello que la arquitectura aporta una fuerte cuota al éxito de negocios, pero así mismo, puede llevarlos a la quiebra irremediable.
La pregunta actual es ¿Nuestra arquitectura está insertada en la dinámica de planeamiento y desarrollo equilibrado de nuestro país?... ¿O simplemente es la prima dona que busca siempre sobresalir "del montón"? Ciertamente una de las columnas de este desarrollo equilibrado es el arquitecto, que para algunos tiene la distinguida posición de ser co-creador con Dios del hábitat humano. Soy de la opinión que el arquitecto participa diariamente del proceso creador con su obra, complementando la Creación Divina. He aquí que puede enriquecerla y garantizar el equilibrio de la edificación con el entorno o extender el caos de lo increado. Pero así como la obra arquitectónica no se puede ver dentro de las ciudades como un ente aislado, su creador debe ser también parte de un conjunto de profesionales que se involucren en el desarrollo de las mismas. Los centros urbanos son sitios en donde interactuamos todos: economistas, abogados, médicos, estudiantes… seres humanos; estos centros deben reflejar la interrelación de quienes los viven y de ellos, con el ambiente que los rodea. No podemos continuar viendo la ciudad como parcelas, o peor aún, como edificios aislados y perder la oportunidad de crear estructuras y espacios más humanos, con los servicios públicos necesarios para quienes los habitan, sin perjudicar a las comunidades establecidas.
Se ha dicho hasta la saciedad, que Panamá es una ciudad fragmentada, que la mayor parte de su crecimiento obedeció al proceso de venta y parcelación de fincas particulares y al proceso invasor de aquéllos que anhelaban un pedazo de tierra. Es hora de que todos los miembros de esta sociedad que tenemos que ver con el desarrollo de nuestro país planifiquemos con luces largas y actuemos de acuerdo con las normas. Los arquitectos y promotores debemos cada vez más preocuparnos de ver no solo el beneficio que nuestras obras brindan a nuestros clientes, sino también y primordialmente, qué efectos producen éstas en la comunidad que intervenimos.
Nuestra flamante ley de ordenamiento territorial continuará siendo una utopía, mientras en la práctica sigamos creando ghettos de altas edificaciones sin espacios públicos, devastando bosques para imponer estructuras desproporcionadas y que no brindan ninguna compensación a la ciudad. Es necesario ir más allá de sólo la búsqueda de los beneficios y satisfacciones particulares, para lograr ciudades humanizadas, donde sea el hombre el objeto y fin del desarrollo.
La autora es arquitecta y ambientalista
Además en opinión
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