| ESTADOS UNIDOS.
Derrota republicana
Gerardo E. Martínez-Solanas
Hayan sido acertadas o no las decisiones del presidente Bush respecto a la invasión y ocupación de Irak, los muchos errores y abusos posteriores han hecho que esa guerra sea muy impopular, si es que alguna guerra pudiera calificarse de "popular". Además, el gasto presupuestario y los déficits correspondientes son percibidos por la militancia tradicional republicana como una traición a la plataforma del partido. Por añadidura, diversas personalidades del más alto liderazgo republicano se han visto envueltas en lamentables escándalos.
En esas condiciones eran de esperarse resultados catastróficos para el Partido Republicano en estas elecciones del pasado 7 de noviembre. Sin embargo, no ha llegado a ese punto sino que tuvieron consecuencias mucho más leves que las esperadas. Si acaso han demostrado que el sistema funciona hasta el punto de ser capaz de propiciar un nuevo equilibrio de poder y de reafirmar que a ningún partido se le da la oportunidad de dominar el escenario político por demasiado tiempo.
Lo ocurrido es una buena señal para el sistema bipartidista norteamericano, pese a las críticas de muchos que lo perciben carente de diversidad ideológica y política. Aunque los resultados reiterados parezcan confirmar los argumentos de esa crítica, la realidad es que la más amplia diversidad no sólo es permitida sino que está disponible al electorado tanto en las muchas tendencias que conviven en los dos partidos principales, sino en el hecho de que participa en cada campaña electoral un amplio espectro político/ideológico de más de 20 partidos menores.
Aunque esos otros partidos no son capaces de alcanzar la norma electoral que los haría dignos contendientes del acontecer político, ocasionalmente logran resultados en elecciones locales y estatales, y hasta un cierto grado de influencia en algunas contiendas presidenciales. Es un hecho que este 7 de noviembre hasta último momento se anunciaron como posibles ganadores dos candidatos senatoriales que no habían sido postulados por los demócratas ni los republicanos. De haber ganado ambos, hubieran logrado un hecho sin precedentes en la historia de Estados Unidos. Parece ser que al final sólo uno ha logrado la victoria, impidiéndole al Partido Demócrata establecer una mayoría senatorial.
Por otra parte, no le bastó al Partido Republicano el poder acumulado durante tantos años en control de los poderes ejecutivo y legislativo para impedir el cambio radical que acaba de experimentar la Cámara de Representantes. Es una buena señal para la democracia que una firme mayoría republicana se haya convertido súbitamente y por medios democráticos en una amplia mayoría demócrata.
El presidente Bush ha perdido así la facultad de seguir cometiendo errores sin mayores consecuencias. Este nuevo equilibrio congresual puede imponer una mayor moderación en la política estadounidense para volverla más de consenso. El Partido Demócrata tiene ahora una enorme responsabilidad como fuerza moderadora. Ojalá que no se abandone a esfuerzos demagógicos exclusivamente orientados a allanar el camino a la presidencia de un candidato demócrata en 2008.
Ha sido una buena señal que el presidente Bush ofreciera enseguida la rama de olivo a los demócratas, felicitara a sus líderes, aceptara la renuncia precipitada del secretario de Defensa y expresara su deseo de trabajar juntos por el bien del país. Esperamos que haya sido sincero en esos hechos y propósitos.
La democracia es un ejercicio de negociación para el consenso más que una pugna de rivalidades. Sería bueno que los actores principales lo comprendan así.
Firmas Press. El autor es economista y politólogo
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