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Reportaje especial
Panamá, viernes 3 de noviembre de 2006
 

A UNA MEJOR VIDA.

Tragedia

David Méndez Dutary

La tibia brisa se colaba por la pequeña abertura de la ventana del bus despeinando un poco sus cabellos. Siempre el camino por el corredor era como una terapia que lo relajaba antes de llegar a la ciudad, sin embargo, en esta ocasión un olor a quemado mantenía inquietos a los pasajeros.

El camino pavimentado contrastaba con los verdes montes, el cielo azul y el ambiente interiorano, próximos a la entrada de la mini Babel. El paisaje traía a su memoria los recuerdos de su infancia, como fue lo difícil de cortar caña debajo de un sol intenso, para el ingenio en Coclé, a la edad de siete años. Bueno, se dijo, al menos aprendí lo difícil que es ganarse el pan.

A los 15 años vino con su padre a la ciudad, a trabajar en la construcción de un edificio en el área de Paitilla, cuantos edificios altos y autos de lujo lo impresionaron, pero alejarse de su madre, dormir en el piso en casa de una tía en San Miguelito y comer una vez al día, no fue nada agradable, después del primer año, hasta que se cansó de la vida que llevaba.

Su padre, para entonces ya le había conseguido una madrastra que le quitaba hasta el ultimo centavo que ganaba, y ningún esfuerzo era bueno para sacarlo de su necedad.

Así, se acostumbró a dormir en la calle y conocer a la pandilla del área con quienes probó la marihuana además de otras substancias ilícitas por primera vez. Más tarde se tatuó el nombre de su madre en uno de sus brazos y el de la chica que le robaba el sueño en el otro. Nada fue tan difícil como tener que dispararle y robarle a un taxista desconocido, para poder ser respetado y aceptado en la nueva familia.

A los 17 años había pasado su cumpleaños con los pasieros del centro de corrección del menor, donde, a su entender, en un año, había aprendido mucho más que en el resto de su vida, por lo que cada vez que regresaba, adoptaba un "alumno" para enseñarle también.

Pero algo sucedió a los 20. Al participar en un asalto, tuvo la mala suerte de ser sorprendido in fraganti recibiendo un tiro en el costado derecho. La estadía en el Santo Tomás fue un verdadero suplicio, pero el tormento mayor se lo llevó en La Joyita, donde fue sexualmente abusado en múltiples ocasiones. Las ideas de suicidarse desde ese día asaltaban su mente, pero solo la rabia que sentía por el mundo que lo rodeaba y el poder vengarse, le hacían sobrevivir.

Un día, dentro del centro, alguien le habló de tener fe, de creer en un ser superior; y en un período de seis meses, ya el rencor había salido de su mente y su corazón. Deseaba tener la oportunidad de una nueva vida, por lo que esperó ansiosamente poder salir de la cárcel, para poder llevarles la buena nueva a su mamá y, muy especialmente, a su padre, a quien tanto había odiado.

Ya pasada una semana de haber recuperado su libertad, se había enterado de que su madre estaba hospitalizada en el Santo Tomás, pues el mes anterior, al padecer de un resfriado, el médico de la policlínica le recetó un jarabe sin azúcar que le había caído mal y no había podido orinar por una semana. Recordó cómo el día anterior, lleno de esperanza, depositó el "sí" en la escuela sin bancas donde le tocó votar por primera vez. Sentía que "sí" se podía salir de la miseria en que había vivido toda su vida, que no todo estaba perdido. A pesar de todos los males se consideraba con suerte, pues con un esfuercito consiguió salir de La Joyita, cuando la mitad de los que compartían su celda ni siquiera habían sido juzgados y algunos ya habían cumplido sus condenas.

El autobús se acercaba a la ciudad y el olor a quemado que se sentía en el recorrido era cada vez más fuerte. Por algún motivo se sentía un calor asfixiante que no se aguantaba más, alguien pidió la parada y algunos bajaron apresuradamente por la única puerta que tenía el vehículo. A partir de ese momento todo fue muy rápido, una explosión, gritos de desesperación, las llamas que llenaron todo.

Consiguió romper un vidrio de la ventana fija para tirarse por ella, pero a su lado una niña de apenas cinco años lo miraba, con un rostro difícil de describir. No lo pensó dos veces y sacó a la niña por la ventana, sin embargo para él, ya era tarde, las llamas lo cubrieron y la muerte fue instantánea, dicen los patólogos por televisión.

Las cámaras filmaron el final, los canales de televisión mejoraron su rating, sin embargo, para él la tragedia de su vida había acabado. Una nueva y mejor vida le esperaba.

El autor es médico pediatra

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