| CORRUPCIÓN.
El Estado como botín
Emilio García Méndez
En una agenda regional cargada de procesos electorales (en Brasil se decidirá este domingo la segunda vuelta, y en Nicaragua se elige Presidente el próximo 5 noviembre), las elecciones provinciales para elegir una Convención Constituyente en la olvidada y empobrecida provincia de Misiones en el noreste argentino, reunían, hasta ahora, todas las condiciones para pasar desapercibidas. A pesar de todo, ello no sucederá. Aquello que estaba destinado a convertirse en una rutinaria elección de constituyentes con el objetivo de reformar la constitución provincial para lograr la reelección indefinida del gobernador, se ha transformado en un acontecimiento nacional de primera magnitud. Absolutamente todos los componentes de lo peor de la política latinoamericana, se han dado cita en la mencionada elección. Más aun, todos los elementos del degrado institucional que la oposición al gobierno Kirchner, viene denunciando hasta el hartazgo desde hace mucho tiempo, comenzaron a darse cita y a condensarse en el mencionado proceso electoral.
Al consabido uso escandaloso de los recursos del Estado, explícitamente prohibidos, y a la compra inescrupulosa de votos, se han sumado episodios de violencia e intimidación que parecen no detenerse. En el contexto de un enfrentamiento nacional con la jerarquía católica, ni la quema de iglesias ha quedado fuera de este catálogo del horror que, en prácticamente todo, parece preanunciar el clima bajo el cual se realizaran las elecciones presidenciales de 2007. Sin embargo, fiel a un olfato que lo acompaña desde el propio día de su asunción, el presidente Kirchner ha delegado en figuras menores (prácticamente todas lo son en su gabinete de bajísimo perfil), el último tramo de la "campaña" (de alguna forma hay que llamarla) electoral.
A pesar de las dificultades en predecir el resultado, serios indicios parecen amenazar un desenlace que hasta hace muy poco aparecía como indiscutiblemente favorable al gobierno. En todo caso, y aun en la hipótesis de un triunfo gubernamental, la sombra de Pirro parpadea en el horizonte. En una situación como esta, la verdadera incógnita parece resumirse en aquello que en el futuro cada una de las partes enfrentadas hará con el resultado obtenido.
Un triunfo del gobierno, provocará muy probablemente la intensificación de una estrategia en la que la "política social", como instrumento privilegiado del clientelismo, amenaza con devorarse a la política tout court. Análogo resultado provocará una derrota, en la medida en que seguramente será leída como la consecuencia de la falta de utilización de todos los recursos espurios a disposición del aparato del Estado. Desde esta perspectiva el desafío mayor parece concentrarse en las conclusiones que pueda extraer la oposición, cualquiera sea el resultado del proceso. En dos líneas de pensamiento y por ende de acción, parece resumirse el futuro inmediato. Por un lado, no faltarán aquéllos que concluyan que la solución no pasa por otro lado que no sea el de arrebatarle al gobierno el botín del Estado y desde allí alterar radicalmente la dirección de la política. No hace falta ser un genio del análisis político para vislumbrar el futuro y las consecuencias de una posición como ésta.
¿Cómo proceder en una situación donde todavía el crecimiento de la economía permite ignorar que todas y cada una de las condiciones que nos llevaron a la estrepitosa crisis de 2001, están acechándonos a la vuelta de la esquina? Ya no se trata, lamentablemente, de un mero problema de alternancia en el manejo de la cosa pública. La crispación y el enfrentamiento están llegando, todavía en forma latente y solapada, a niveles intolerables. La verdadera incógnita parece resumirse en si seremos capaces de realizar en paz las mínimas reformas institucionales que le devuelvan a la POLÍTICA con mayúsculas, la capacidad de decidir nuestro futuro.
El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires
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