| FRANCIA.
¿Volverá el viejo león Chirac a la palestra?
Hans-Hermann Nikolei
La "gran incógnita" de las elecciones presidenciales que se celebrarán en Francia en abril es un viejo conocido: Jacques Chirac. Cada vez son más los miembros de su partido, la gobernante UMP, que esperan que esto ocurra, y también los que lo temen.
"Jacques, porque te quiero, te digo que no sería bueno que compitas para un tercer mandato", dijo la vicepresidenta de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), Roselyne Bachelot. Y el jefe del partido, Nikolas Sarkozy, señala gruñendo que "quien quiera ser candidato debe decirlo abiertamente".
Sarkozy quiere ser presidente y aprovecha la menor oportunidad para decirlo alto y claro. Su rivalidad con Chirac por el poder acapara desde hace años las páginas políticas y de cotilleos en la prensa parisina. Los partidarios del hiperhabilidoso ministro del Interior se quejan de que Chirac, a sus 74 años, podría lanzarse otra vez a la palestra sólo para obstaculizar a Sarkozy el camino hacia la jefatura del Estado. El presidente siente la autárquica carrera de su antiguo discípulo como una "falta de lealtad" y no lo perdona. Además, los detractores de Chirac opinan que el presidente, rodeado de viejos escándalos, pretende alargar su inmunidad jurídica con un tercer mandato.
Tras su reelección en 2002, en medio de una amplia participación popular contra el ultraderechista Jean-Marie Le Pen que sorprendentemente había llegado a la segunda vuelta, Chirac se declaró "presidente de todos los franceses". Pero la política interior se le fue de las manos. Esta y las reformas sociales fueron delegadas en sus sucesivos primeros ministros, con su consiguiente desgaste. Incluso las largas semanas de disturbios en otoño de 2005, que finalmente acabaron gracias a la imposición del estado de emergencia, no lo sacaron del letargo hasta muy tarde. Chirac se limitó a la política exterior y a las efemérides.
Como consecuencia, el jefe del Estado galo cayó más bajo que ningún otro presidente de la V República en las encuestas. Cuando en 2005 sufrió un ligero infarto y tuvo que ser ingresado parecía claro que "al viejo hombre del Elíseo" sólo le quedaba aguantar el resto de su mandato. Cuando su "estratega jefe", el primer ministro Dominique de Villepin, se hundió entre los conflictos con los sindicatos, parecía que el camino hacia el palacio del Elíseo bquedaba despejado para Sarkozy.
Pero Chirac siempre resucita cuando parece que está enterrado políticamente. En ningún comicio por la presidencia ha logrado más de un 20,5 por ciento de los votos en la primera vuelta. Y sin embargo, se impuso en 1995 y 2002, dirigiendo durante más de un decenio el futuro de Francia. Chirac no saca sus garras hasta la recta final.
Y ahora, seis meses antes de las elecciones, Chirac vuelve a estar en el candelero. Participa en la política interior, marca el rumbo de la política agraria y social, se apresura a acercarse a lejanos países como China y atrae a París eventos mediáticos como la conferencia de Líbano a principios de 2007.
"Este político de pura sangre todavía no ha dicho su última palabra", gruñe un ministro que preferiría luchar con "una fuerza más joven" contra la posible candidata socialista SégolŠne Royal.
Mientras, Chirac se recupera. En verano las tres cuartas partes de los franceses se declaraban hartos de Chirac, mientras que ahora el 55 por ciento le concede buena nota. Sin embargo, el 77 por ciento no quiere que vuelva a competir por la Presidencia. Y nadie sabe si sucederá.
Al menos Chirac está permitiendo que su discípula y ministra de Defensa, MichŠle Alliot-Marie, se crezca como alternativa a Sarkozy. Algunos consideran a "MAM" la "última carta" del presidente contra Sarkozy en caso de que no vea más oportunidades para imponerse él mismo.
DPA
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