| CARTAS DESDE EUROPA.
¿Un desafío nuclear?
Camilo José Cela Conde
Corea del Norte es uno de los países más pobres que existen en el mundo, con un producto interior bruto un tanto desconocido, pero en proceso de disminución (sufrió una pérdida estimada de un 5% en el año pasado), una renta per cápita de poco más de 900 dólares al año, unas inversiones en armas de entre el 30% y el 80% de la riqueza del país y una balanza comercial en la que las importaciones exceden en mucho a lo que se logra exportar. El plan de despegue económico diseñado por el líder del país, Kim Jong-Il, ha supuesto un fracaso estrepitoso y, aunque se disponen de pocos datos acerca de tasas como la de empleo, las hambrunas se han sucedido hasta el punto de justificar una acción en favor del pueblo coreano en 2004 por parte de Amnistía Internacional.
El de Pyongyang es también uno de los regímenes más dictatoriales que existen, si no el más salvaje de todos. La sucesión del Gran Líder Kim Il-Sung, fundador de la República Democrática de Corea, por su Amado Hijo reprodujo todos los vicios de la época de la Guerra Fría que, en este caso, fue caliente con el enfrentamiento entre las dos Coreas entre 1950 y 1953. Aquella guerra no condujo nunca a un tratado de paz, así que se sigue todavía con un simple armisticio de frágil consideración política. Y militar. Son, pues, esas circunstancias las que guían el episodio de desafío de Pyongyang a la comunidad internacional al realizar una prueba nuclear modesta —quince veces menos potente que el artefacto de Hiroshima— pero amenazante. Corea del Norte ha demostrado que dispone de la técnica necesaria y los medios de transporte para lanzar un ataque a cualquier vecino, comenzando, claro es, por Corea del Sur.
La vertiente militar del problema es un simple recurso de cara a otras guerras de distinto alcance. Así lo ha manifestado Pyongyang al amenazar con más ensayos nucleares si continúa el boicot norteamericano hacia ese país. Merece, pues, análisis políticos. Pero si la situación política es siempre muy compleja en el Extremo Oriente, ahora se ha complicado aún más.
La crisis coincide con el relevo del secretario general de la ONU nada menos que por el actual ministro de Exteriores de Corea del Sur, Ban Ki-moon. La habitual incapacidad del organismo para dar respuesta alguna a los órdagos que lanza el país enloquecido de turno va a tener una incómoda prolongación en este caso, por más que Ki-moon no comience su mandato hasta enero próximo. Porque el balance de fuerzas del Asia oriental aumenta su enmarañado estado al haber asumido Japón en octubre la presidencia del Consejo de Seguridad.
China y Japón se disputan las influencias geopolíticas en la zona, con el régimen de Beijing como protector de los intereses de Corea del Norte. En esas condiciones, la crisis desatada es mucho más de pulso político que militar en sí misma. Toda vez que el presidente Bush ha desechado una intervención armada, la duda se reduce al alcance de las sanciones que los Estados Unidos querrán imponer y China tolerará que se añadan contra Corea del Norte.
Algo cabe anticipar, no obstante: la ONU, por más que Bush asegure lo contrario, dará una respuesta tímida e ineficaz a la crisis permanente. Esta guerra no terminó hace 53 años. Sigue en pie en los términos peores, los económicos. Y los ciudadanos de Corea del Norte seguirán siendo los perdedores de esta última batalla.
El autor es escritor
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