Las alertas medioambientales no son capricho de unos pocos ecologistas u obsesión de organismos internacionales. Las inversiones privadas, tan importantes para el país, deben enmarcarse en un proyecto de futuro que visualice qué tipo de desarrollo queremos y qué costos ambientales estamos dispuesto a asumir.
En ese sentido, es bueno aprender de países de la región que ya han pasado por estas experiencias y que han cometido aciertos, pero también muchos errores. En el caso del acuario de San Carlos entra en debate el modelo turístico que queremos, las bondades potenciales de las inversiones y los posibles daños a la biodiversidad, uno de los mayores patrimonios del país.
Lo único que hay que esperar es que las autoridades no se dejen encantar por cantos de sirenas -o delfines- y que asuman su responsabilidad no solo en el cumplimiento de la ley, sino en la defensa de lo más beneficioso a mediano plazo. El medioambiente nunca es un capricho sino un patrimonio rentable si es bien gestionado y protegido. Su defensa es una urgencia y una necesidad. |