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Reportaje especial
Panamá, jueves 28 de septiembre de 2006
 

TRAVESÍA.LA SELVA AGONIZA POR LA TALA DE ÁRBOLES Y POR LA AMENAZA DE LOS CAZADORES.

Los secretos del Parque Chagres

Los emberá drúa resienten que no se les haya informado de los pormenores de la ampliación del Canal.

El río Chagres es el hábitat de 59 especies de peces de agua dulce. Es cuna de cocodrilos y otros animales.

LA PRENSA/Maydee Romero
SU GENTE. El Chagres transpira vida. Sus habitantes lo saben. Lo disfrutan.742416
Eliana Morales Gil
emorales@prensa.com

¿Lloverá? Es poco probable. El sol está contento y el cielo es diáfano. Pero en la selva tropical nada es predecible. La piragua se despide del puerto de Nuevo Vigía y poco a poco se adentra en el Lago Alajuela, en el corazón del Parque Nacional Chagres.

Desde la nave de madera se observa el monte con todos sus misterios. Son millones de árboles, plantas medicinales -la selva es una farmacia- y hay cientos de animales.

Empiezan a aparecer las comunidades a orillas del lago. Tusipono (flor de pava) y Parapuro (pluma de palma) se avistan desde allí.

El agua es mansa y caliente, se han navegado ya cuatro kilómetros. Ahora aparece el río Chagres. Es un gran señor. Caudaloso, turbulento y casi infinito. Todo cambia. El cielo empieza a amenazar con sus nubes ensombrecidas.

El sonido del caudal del Chagres hace palpitar corazones. Allí viven 59 especies de peces de agua dulce, pero también es el hábitat de cocodrilos y otros animales acuáticos.

La piragua tambalea de vez en cuando. Entonces llega la lluvia. Cae más y más agua en el Chagres. No en vano este río es el responsable de proveer el 40% del agua que se consume en la ciudad, y además es pieza fundamental para el funcionamiento del Canal de Panamá.

Y allí están ellos. La selva tiene millones de secretos, pero uno de estos está a merced de todos: la vida de los emberá drúa, la comunidad indígena que migró del Darien en 1975 persiguiendo una mejor vida.

¡Visitas! Para los 113 miembros de los emberá drúa que habitan en el Chagres, ya eso es rutina. Han sido fotografiados cientos de veces, y sus cuerpos danzantes con flores y taparrabos le han dado la vuelta al mundo.

Su español es perfecto y algunos han aprendido el inglés para atender a sus visitantes.

Duermen en tambos (casas de paja y caña), no tienen energía eléctrica y tampoco agua potable, pero están al tanto de lo que ocurre en el mundo.

Iván Ruiz, por ejemplo, sabe que el 22 de octubre se realizará un referendo para ver si se amplía o no el Canal, "su canal". Pero explica que nadie ha subido a contarle los pormenores. Lo dice con cierta nostalgia, pues como hijo del río que alimenta el Canal, siente que no se les ha tomado en cuenta. "Y eso que tengo cédula".

Tienen cuatro botánicos, un chamán, dos maestros para la escuela y un cacique.

Cuando llegan los turistas mercadean sus artesanías, le enseñan cómo se pesca con flechas, los alimentan con pescado frito y patacón, y recrean el baile del camarón.

Hasta cuentan con picardía de cómo una prima de ellos, cometió la "hazaña" de casarse con un "gringo". "Viene a visitarnos cada cinco años", cuenta Iván con emoción.

Pero la ciudad espera y hay que regresar. Ellos callan. Solo agradecen la visita. Es su rutina, despedir a los que llegan y se marchan al rato.

Otra vez el Chagres con su caudal y otra vez se observa la selva agonizante.

Es que no soporta la muerte de sus árboles por la tala indiscriminada. Y también llora porque, como dice el guardabosque, Adán Caisamo, cada vez hay más cazadores y más gente que quieren vivir en la selva. De hecho, en el parque de 130 mil hectáreas ya habitan 20 mil personas.


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