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Reportaje especial
Panamá, domingo 24 de septiembre de 2006
 

DEBATE.

El trabajo de los niños : ¿necesario para qué?

Emilio García Méndez

El domingo pasado exactamente en esta misma sección se publicó un artículo cuyo título debería eximir de ulteriores comentarios ("El necesario trabajo de los niños"). Extrapolando la realidad de las regiones más atrasadas del planeta, como el África subsahariana, se pretende convencer al lector latinoamericano acerca de la inevitabilidad del fenómeno. En aras de la complejidad de la cuestión (¿qué problema social no lo es en el mundo actual?), se afirma tajantemente que resulta imprescindible, en el corto y mediano plazo, aprender a convivir con el mismo. Ni una palabra sobre el largo plazo, porque ahí, como acostumbraba a decir Keynes, estamos todos muertos.

Estoy convencido que en el núcleo más duro del fenómeno del trabajo infantil, nos enfrentamos a un profundo debate de carácter cultural, donde el trabajo de los niños amenaza a convertirse en parte del paisaje. En todo caso, me parece urgente contestar la idea acerca de que enfoques como este, constituyen el resultado de una visión pragmática, y por ello supuestamente seria y responsable, de los problemas sociales. Siguiendo este razonamiento, el sida y la pobreza, en una visión que equipara el trabajo de los niños a una catástrofe natural, así lo determinarían.

Sin embargo, de dónde surgen el sida y la pobreza, permanecen como un interrogante cuya respuesta remite a una ontología que no precisa ser demostrada.

Johann Galtung, el lucido y olvidado investigador noruego sobre problemas de la guerra y de la paz, ha acuñado hace muchos años el hoy relegado concepto de "violencia estructural". En una forma tan sencilla cuanto no ideológica, el concepto de violencia estructural define a esta última como la brecha entre lo potencialmente posible y lo que efectivamente acontece. La muerte de un niño, por enfermedades que las vacunas han actualmente desterrado, podía ser considerada una desgracia y una catástrofe natural en el siglo XIX, hoy constituyen un caso flagrante de violencia estructural. Exactamente lo mismo puede decirse del hambre y la pobreza. No en vano la belga Anne Marie Lizin, experta independiente de la comisión de derechos humanos de las Naciones Unidas sobre la extrema pobreza ha definido a esta última como un problema de voluntad política.

En este combate político cultural entre los principios y el pragmatismo, curiosamente los primeros se reservan para causas perdidas como la lucha actual contra el narcotráfico, independientemente del costo y la irracionalidad de respuestas, cuyos resultados catastróficos están a la vista de todos.

Desde una perspectiva que articule los principios con la sensatez, resulta imprescindible recuperar la capacidad de sana indignación y percibir el trabajo infantil como causa y no como consecuencia de la pobreza. Detrás de toda historia exitosa de erradicación de la pobreza, piénsese en el Japón o en los países escandinavos del siglo XIX, aparece inequívocamente una maciza voluntad política y una movilización extraordinaria de recursos dedicados a la escuela. ¿Será que en ese sentido algún país subdesarrollado ha llegado al límite de los recursos disponibles para invertir en educación?

Resulta imperioso comenzar a recuperar para los responsables del sector educativo la atribución de responsabilidades sobre el problema del trabajo infantil.

Sólo de esta forma podremos comenzar a revertir el absurdo de pensar, para luego expresarlo ambiguamente, el trabajo de los niños como una solución.

¿Es necesario entonces el trabajo infantil? La respuesta sólo puede ser positiva, si lo que se propone es la consolidación y reproducción ampliada del ciclo de la pobreza.

El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires

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