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Reportaje especial
Panamá, domingo 24 de septiembre de 2006
 

CUANDO EL FACILISMO ES RENTABLE.

Educación. ¿Qué es eso?

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Este país necesita liderazgo firme. No conseguiremos nada cambiando gobernantes, modelos económicos, ideologías políticas o constituciones porque el problema de nuestra sociedad es de actitudes, aptitudes y rectitudes. Vivimos entre holgazanes, mediocres y corruptos. Qué tristeza.

Me han defraudado los educadores. Antes, los maestros se identificaban plenamente con el plantel y su alumnado, exhibiendo una gran mística de trabajo y pasión por una de las más nobles e importantes disciplinas sociales. Ahora, los docentes son manipulados por dirigentes de pacotilla que venden su poder a intereses políticos, económicos e ideológicos, sin importar las consecuencias adversas de su accionar. Las intransigentes pretensiones y la dócil adhesión a la vocería de una vertiente atrasada, torpe e inculta de la izquierda criolla que contamina cualquier reivindicación seria y razonada, deterioró mi percepción sobre la autenticidad de sus reclamaciones.

Antes, la educación pública panameña era razonablemente buena. Ahora es una calamidad. La imagen del educador se ha estropeado ostensiblemente. Les ha sucedido lo mismo que a los médicos, antes encaramados en un pedestal, ahora acusados de corrupción, insolidaridad y negligencia. Las huelgas en educación y salud son impopulares y vergonzosas. Muchas razones detrás de mis palabras. Los más perjudicados son siempre la gente más humilde y necesitada del país ya que usualmente se paraliza, de forma exclusiva, la atención pública mientras la privada permanece indemne. Los cabecillas son generalmente los que menos cumplen horario de trabajo, obligación laboral y responsabilidad ética. Las tareas y citas pendientes jamás se recuperan. Y, a pesar de las conquistas salariales, todo continúa inalterable por más promesas que se firmen. No más perfidias. Estas huelgas son una verdadera canallada.

A mayor educación, más desarrollo y civismo, menos pobreza y sumisión. Los índices educativos de Panamá son bochornosos. Sólo dos de cada diez estudiantes culmina la secundaria sin repetir ningún curso. La consecuencia es obvia para los educandos, pero también para el fisco: cada graduado nos cuesta más de diez años de colegio, en vez de seis.

La probabilidad de conseguir un trabajo digno está presente solo para quienes tienen algo más que secundaria. El nivel secundario es apenas un piso de la escalera del conocimiento. Sin embargo, menos del 25% de los que entran a primer año egresan de la secundaria. Es decir, mantenemos bajo el piso mínimo a tres cuartas partes de nuestra juventud. Eso, para colmo, no es lo peor. En una evaluación reciente del nivel de rendimiento en asignaturas básicas de estudiantes próximos a graduarse del sistema público, la cifra rebasó un 60% de deficiencias. Tristemente, Panamá es un país de repetidores y graduados disfuncionales.

¿Qué podemos hacer para corregir este gatuperio educativo? Mucho. Lograr que los estudiantes aprendan lo que es relevante y que lo aprendan bien. Es necesario enseñar por qué y cómo pensar, no qué o cuándo pensar. En lugar de memorizar conceptos, hay que razonarlos y comprenderlos. El estudiante debe aprender a convivir, con respeto, sensibilidad, ética y civismo. El arte y la cultura deben ser parte integral de la enseñanza.

Es vital, ahora más que nunca, desarrollar la capacidad productiva y emprendedora de los jóvenes, estimulando el desarrollo de competencias para el mundo del trabajo, con énfasis en el estudio de idiomas y tecnologías de la información y comunicación. Es necesario promover estilos de vida saludable y sexualidad responsable, brindando las herramientas preventivas para enfrentar toda la gama de circunstancias y riesgos.

Deben enseñarse las diversas orientaciones religiosas sin adoctrinamiento en ninguna, desde una perspectiva laica. Debe haber disciplina en el salón de clases. Actualmente, existe una tendencia malsana hacia la laxitud y complacencia. Se piensa que con un mínimo bagaje académico, con unas alforjas culturales vacías, un profesional podría representarle algún beneficio a la sociedad. Los estudiantes necesitan aprender a razonar a partir de los fundamentos críticos del pensamiento científico. La calidad de nuestra educación pública está en agonía. Parafraseando a B. Rusell: "Nos hallamos frente al hecho paradójico de que la educación se ha convertido en uno de los principales obstáculos en el camino de la inteligencia y de la libertad del pensamiento".

Deprime observar que la mayoría de estudiantes -y numerosos docentes- tiene graves fallas ortográficas o sintácticas y exhibe problemas de vocabulario y conceptualismo. Nuestros jóvenes escriben como hablan, tienen un lenguaje primitivo, balbuciente y chabacano. Sus interjecciones cada vez son menos comprensibles, son una especie de bagazos de sandeces mutiladas. Desde que la disciplina desapareció de nuestros colegios, los estudiantes no hacen más que labrar su propio miserable camino, indigno de una patria que merece un destino con gente superior. Si el profesorado no es exigente y se limita a la transmisión textual de datos, sin contexto ni perspectiva, los escolares descubrirán que el facilismo es rentable y que se puede triunfar con muy poco en la sesera. Más adelante, si el ingreso a la universidad es directo, sin mayores requisitos, la impresión que le queda al aspirante, que ya viene acostumbrado a la vida muelle, es la de que el aprendizaje de una profesión no implica dedicación ni tenacidad.

Urge garantizar el derecho a la educación mediante instrumentos de equidad que permitan avanzar hacia la cobertura universal, compensando el efecto de las desigualdades sociales, económicas, étnicas y de género. Elevar la calidad del recurso humano, docente y administrativo, promoviendo la profesionalización y dignificación de quienes realizan estas labores. Hay que mejorar los procesos de evaluación del desempeño, garantizando la calidad permanente y actualizada de los recursos pedagógicos. Los planteles o maestros con pobre rendimiento, requieren ser sometidos a reprobación y capacitación, para que puedan optar por continuar vigentes. No es lo mismo saber algo que saber transmitirlo. No es lo mismo un profesor entusiasta, inquisitivo y despierto que uno remolón, parco y holgazán. A juzgar por las actuaciones exhibidas por los protagonistas de la huelga educativa resulta fácil presagiar cómo serán sus estudiantes al salir del sistema. Decía Séneca: "Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos". Lastimosamente, los ejemplos a emular dan ganas de llorar.

El autor es médico

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