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Reportaje especial
Panamá, martes 19 de septiembre de 2006
 

SOBRE EL ABORTO.

Sí a la vida, no a la muerte

Marcelino González

Cuando de aborto se habla tenemos que tener razón de lo que expresamos y considerar que la concepción o formación del cigoto es formación de un ser y no caer en el doble discurso de la moral y lo que a diario profesamos: "defender la vida". ¿Cómo hacerlo con una visión errada del inicio y término de la vida?

Toda vida de cualquier ser viviente parte de una célula. La célula es la unidad de la vida; ¿cómo no habría de ser así también en el ser humano? Cualquier especie entre los seres vivos está definida por su constitución genética. El feto o el embrión, no es parte del cuerpo de la madre en el mismo sentido que lo es el corazón y el hígado. El feto o el embrión es un organismo con su propia completitud genética, aunque por un tiempo permanezca unido al cuerpo de la madre. Muchas han sido las definiciones que se han dado acerca de lo que es el ser humano, lo que denota la dificultad de encasillarlo de una forma racional. Cito como significativas las siguientes: Para Aristóteles, el ser humano es ser racional, y está constituido por alma y cuerpo; el alma es principio de las funciones nutritivas, sensitivas, la mental y el movimiento del cuerpo. Para Tomás de Aquino, la inteligencia es el constitutivo esencial que define a la persona, siendo ésta considerada como una unidad substancial de alma y cuerpo. Para Kant, es fin en sí mismo, no puede ser adoptado únicamente como medio.

Las definiciones filosóficas, como podemos observar, pueden ser reductivas, y pueden confundir, como en efecto ha pasado, por largo tiempo porque se define al ser humano por una de sus características, y dependiendo de cuándo en el desarrollo aparece la misma, tenemos que el momento del desarrollo en que pasa a ser persona humana, depende de la definición que se dé, de la característica elegida para definir a la persona humana. De esta manera, caemos en el absurdo de que el concepto de persona humana es arbitrario. Esta arbitrariedad da paso al permisivismo moral y a la cantidad de abusos que se permiten con el no nacido. La personificación del ser humano no puede ser algo que se adquiere durante el desarrollo, sino algo constitutivo al ser humano.

La esencia de la persona humana, como ser en relación con Dios, y, por lo tanto, con otros seres humanos y con la naturaleza entera, prohíbe cualquier acción que comprometa de alguna forma la propia realización de esta relación. Dado que el aborto compromete la persona del nonacido, no es moralmente permitido. A este respecto, es sorprendente que el aborto sea típicamente presentado como un tema perteneciente solo a la mujer; esto constituye una desviación de la realidad, ya que, además de Dios, como sujeto absoluto del origen y destino del ser humano, al menos hay tres personas en juego: el padre, la madre, y el no nacido.

El autor es seminarista

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