El concepto de espacio público en Panamá no existe. Las nuevas catedrales del siglo XXI, como definió Saramago a los centros comerciales, los elefantiásicos edificios y las vallas publicitarias se van comiendo andenes y vías públicas a una velocidad inversa a la que las autoridades públicas las protegen.
La nueva noticia es que la franja costera de autopista, con la que nuestro gobierno piensa completar el caos urbanístico de la bahía de Panamá, también va a incluir comercios "de baja intensidad". Rechazo total a que lo que debería ser área pública verde y libre de comercios, empiece a ser colonizada por edificaciones y termine por obstruir el acceso visual de la bahía de Panamá.
El peligro ya lo conocemos: como vivimos en tierra de avivatos, lo que empieza con inocentes "comercios de baja densidad" terminará en centros comerciales y cuanta edificación logren colar, seguramente cedidas en concesiones oficiales a los allegados al poder. El proyecto –que no irá a licitación pública– debe contener garantías de que el último reducto del paisaje marino no nos sea también arrebatado en la asfixia de rascacielos y autopistas. |