| OBRAS DE BENEFICENCIA EN CHANGUINOLA.
Mi experiencia con un ejército benévolo
Joseph Fidanque, Jr.
Por suerte, tuve la oportunidad de viajar con el embajador de Estados Unidos, su excelencia Williams Eaton, a Barranco Adentro, un sitio muy remoto, al noreste de Changuinola, en el borde (adyacente) con Costa Rica, donde unidades médicas del ejército americano estaban ofreciendo atención médica, conjuntamente con oficiales del Ministerio de Salud. A nuestra llegada, ya había grupos de personas paradas en filas para ser atendidas, con el propósito de ser evaluadas de sus diferentes enfermedades, desde problemas gastrointestinales, hasta problemas dermatológicos y dentales. Niños, adultos, mujeres y hombres –todos esperando con la paciencia a la que se han acostumbrado los pobres de este país. La mayoría fueron indígenas, y todos en una situación de extrema pobreza.
Nosotros, conjuntamente con otros panameños, médicos, oficiales, y miembros del ejército americano, fuimos transportados en dos helicópteros CH-47 (alias Chinooks), que estaban configurados para transportar 25 personas cada uno, aunque en tiempo de guerra llevan 40 soldados cada uno.
Estos helicópteros de Estados Unidos fueron piloteados desde Honduras, con equipo y medicinas, para atender a estos ciudadanos panameños de escasos recursos, a un costo que, entiendo, oscila alrededor de $6,000 por hora de vuelo, y Honduras no está a la vuelta de la esquina. En breve, entendemos que esta operación costaba al Gobierno americano arriba de $200,000, en estos tiempos que su gobierno está corriendo un déficit importante. Es decir, están usando plata prestada para ésta, y otras funciones.
Atendieron aproximadamente a 150 personas ese día, y tienen la intención de pasar dos semanas atendiendo más personas. Como no hay medios de comunicación en esa área, ni la gente tiene los recursos de comprar una radio AM/FM, toda la comunicación se hace de boca en boca, lo que es extremadamente efectivo en este tipo de poblados, con el resultado que había una línea, ya formada, cuando llegamos.
Al terminar la parte protocolar, de rigor, iniciaron actividades frenéticas, con enfermeras moviéndose de lugar en lugar, soldados tomando los datos de cada persona, y otros tomando la presión e iniciando sus labores humanitarias muy en serio. Se notaba la satisfacción de los miembros del ejército y de todos los presentes, al ver que habían mejorado las vidas de muchos seres humanos.
El clima cooperó, y no llovió ese día (gracias a Dios, ya que no me gusta volar en un helicóptero con lluvias torrenciales que tenemos en esta época del año), y la gente seguía llegando. Un doctor panameño, joven, cuyo nombre no capté, estaba haciendo su internado en el interior, y me impresionó muchísimo con su dedicación. Él estaba ayudando, conjuntamente con el Ministerio de Salud, y me pareció que es una persona muy competente. Él nos explicó que muchas veces, conjuntamente con una o dos compañeras, caminan de seis a siete horas, por las montañas, para llegar a un pueblo y administrar atención médica, ya que no hay caminos de acceso, ni otra forma de llegar a estos pueblos aislados. Según su experiencia, los problemas principales de esta gente tienen que ver con males estomacales, por ingerir comidas y bebidas contaminadas. Adicionalmente, hay problemas dermatológicos, la presencia de piojos en la cabeza, principalmente de los niños, y otros males. Cosas más serias requieren una visita al centro médico más cercano.
Fue estimulante y emocionante ver el bien que hacía este grupo del ejército americano para mejorar la vida de gente sumamente pobre y sin la facilidad de buscar ayuda, ni saber dónde ir para aliviar el sufrimiento que les aqueja, aun con las caras estoicas y pasivas, las cuales no demostraban su dolencia.
Durante las actividades, un oficial del ejército americano me confundió con el embajador Eaton. En ese momento, pensé que si yo fuera el embajador, me daría mucho orgullo ver las actividades humanitarias que su país está haciendo. Todo eso lubrica las buenas relaciones entre gobiernos, pero me parece que estas actividades van más allá de un simple gesto simpático.
Es una demostración de la apreciación de la vida que siente la cultura norteña, y su deseo de hacer cosas positivas para mejorar la vida de todos, y no solamente complacer a los gobiernos que representan a estas personas.
Estamos todos claros en que sus intenciones son las de ganar los corazones y mentes de la gente de otros países (hearts and minds), sin embargo, estos actos humanitarios impresionan al más cínico y escéptico.
Son actos difíciles de criticar, especialmente si uno es el beneficiario de esta atención médica.
Al regresar, el embajador, gentilmente, me permitió sentarme en el jump seat o el asiento justamente entre los dos pilotos, pero un poco atrás de ellos, el cual le permite a uno ver lo que hacen los pilotos, cómo vuelan, su ruta y escuchar la comunicación entre la torre de control y los pilotos. Volamos entre 800 y 1,200 pies al regreso, a unos 140 nudos por hora, en una ruta por encima del mar, hasta llegar al lago Gatún, donde giramos al sur para encontrarnos con el aeropuerto Marcos Gelabert.
Esa noche, me quedé meditando los eventos del día, en los que este ejército no destruyó, sino construyó una vida mejor. Como dice el dicho, hay que dar honor a quien honor merece. Y en este día, el ejército americano merece todo el honor.
El autor es comerciante
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