| TODAVÍA HAY ESPERANZA.
La dicotomía panameña
Carlos Alberto Alvarado Salcedo
Hoy en día podemos ver muchas de las incoherencias de nuestra sociedad panameña desde diversos aspectos, de los cuales solo voy a resaltar los seis que más me llaman la atención:
El primero, mientras nos preocupamos tanto por la guerra que libra Estados Unidos contra todo el mundo, nuestras familias son un campo de batalla con las últimas armas de destrucción masiva: gritos, sarcasmos, violencia, y otros tantos recursos nocivos que no es necesario mencionar por discreción. Lo más interesante es que esa preocupación mundial se desvanece al confrontar nuestra realidad concreta, quedando reducida a la típica frase "en mi hogar todo está bien, no hay nada de qué preocuparse".
El segundo, aunque la gasolina sube arbitrariamente y baja por tres días provocando las mejores quejas de los usuarios, el número de nuestros vehículos se multiplica cada vez más de una manera exagerada, llegando al punto de haber consumido mucha más gasolina que en el mismo período del año pasado. Y por si fuera poco, con este aumento vehicular parece que los modales viales son cada vez peores: buses que chocan sin misericordia, taxis que paran donde les da la gana y sin medir consecuencias, conductores particulares que dejan la cortesía colgada del perchero con tal de llegar temprano o de sentir la adrenalina causada por el efecto velocidad en plena Avenida Balboa, y por si fuera poco, transeúntes que no conocen la precaución.
El tercer lugar, criticamos la situación educativa del país, las huelgas, las exigencias de los educadores y, sin embargo, hemos olvidado que la primera escuela es la propia familia, pero vaya escuela: progenitores que solo ven a sus hijos dormidos al llegar del trabajo, ejemplos paupérrimos de los familiares, educación proporcionada por las telenovelas, los programas de mal gusto a todas horas y el famoso aprendizaje con los amiguitos.
El cuarto, nos quedamos asombrados cuando alguien de las altas esferas sociales panameñas o mundiales, un cura, o una monja tiene un escándalo de cualquiera índole y en nuestra vida, los escándalos privados son los más abundantes y mucho más graves que lo que se ve afuera: sexo precoz, infidelidad, alcoholismo, drogadicción, tabaquismo, derroche injustificado de dinero, etc. Por eso, es necesario saber que todo el macrocosmos exterior tiene un origen en nuestro propio interior, y se nos hace demasiado difícil controlar todo ese universo que está ante nuestros ojos.
Por último, nos desagrada cuando vemos un muerto en la primera plana de algún periódico, pero estos aún mantienen una buena circulación; criticamos el hambre mundial y no nos enseñamos a no menospreciar los alimentos de nuestra mesa; apelamos a la paz mundial y nosotros ni siquiera la suscitamos; le exigimos a Dios que acabe el mal del mundo, pero el mal es obra de nuestra propia ignorancia y egoísmo. Al final, nos hemos olvidado de que el que está a nuestro lado necesita de nosotros, como también nosotros necesitamos de ese que es un desdichado desde nuestra percepción supuestamente cristiana. La esperanza es que aún podemos cambiar, de lo contrario, todo seguirá exactamente igual.
El autor es seminarista agustino recoleto
Además en opinión
• Algunas buenas noticias: I. Roberto Eisenmann, Jr. • Educación: Cantidad sin calidad: Ileana Gólcher • Los riesgos de la arrogancia: Mercedes Eleta de Brenes • La dicotomía panameña: Carlos Alberto Alvarado Salcedo • Imprescindibles: confianza y credibilidad: Rubén Carles
|