| EL IMPERIO DE LA LEY.
Legitimidad, poder y oportunismo
Eduardo L. Lamphrey J. III
La teoría política ha definido tradicionalmente como legítimo a aquel gobierno que goza del respaldo de la mayoría de los ciudadanos de un determinado Estado, y el poder no es más que el instrumento que usa el Estado a través del imperio de la ley o de la fuerza, para hacer respetar el orden constitucional, garantizar la paz a los asociados y brindarle mejores oportunidades de desarrollo al pueblo que lo eligió a través del sufragio, libre, popular y directo.
Hoy día se nos hace costumbre tolerar actos que tienden a quebrantar el orden constitucional instaurado a través de la democracia. Pequeñas células civiles agitan, y quebrantan, el interés ciudadano en nombre de toda la comunidad nacional, queriendo de manera quimérica hacer creer a la mayoría del país que representan intereses nacionales, a lo cual me atrevo a afirmar que mediante un comunismo disfrazado, expresan los más peligrosos vestigios de anarquía que nuestra patria haya visto.
Estos movimientos pueden representar el interés de algunos sectores populares muy reducidos, pero no así el sentir de aquellos sectores nacionales, que, verdaderamente, están siendo afectados por la política neoliberal del gobierno de turno y la poca voluntad de diálogo de los dirigentes pseudo populares, que en el afán del protagonismo, con pretensiones políticas, demuestran que carecen de legitimidad popular para llevar a cabo todo tipo de acciones que perjudiquen de manera activa el derecho de terceras personas.
El poder como una herramienta por medio de la cual se aplica el imperio de la ley en un ambiente constitucional establecido de manera democrática, debe servir para coadyuvar los intereses del pueblo que en ejercicio de su soberanía popular, tiene el legítimo derecho de elegir al Estado la satisfacción completa de sus necesidades vitales, encima de los intereses extranjeros y particulares, por ello un número risible de pseudos dirigentes que pretenden paralizar el país, cada vez que les duele la muela, no representan ni la más mínima aspiración de los intereses populares. En este caso nos atrevemos a afirmar que a falta de legitimidad y poder, sólo nos resta reconocer que el camino para éstos no es más que el oportunismo.
Este pensamiento con pretensiones anárquicas se está volviendo común, en estos días próximos al gran referéndum nacional acerca de la ampliación del Canal, la cual es una decisión trascendental para el país y debemos hacerla en plena conciencia; y como ciudadanos no podemos tomar una postura emotiva con respecto al caso, sino que debemos sopesar de manera científica y no dejarnos llevar por los agitadores que sin alguna explicación científica pretenden romper el orden constitucional.
Sólo nos queda rezar un Padre Nuestro por la Patria y que Dios nos libre del anarquismo irracional, sectario y retrógrado.
El autor es estudiante de derecho y escritor
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