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Reportaje especial
Panamá, jueves 31 de agosto de 2006
 

ORIENTE PRÓXIMO.

¿Guerra para qué, al cabo?

Camilo José Cela Conde

La llegada del secretario general de la ONU, Kofi Annan, al Líbano, todo lo simbólica que se quiera, parece haber dado alas al plan de armisticio —llamarlo de paz sería excesivo— que las tropas de la organización internacional han iniciado con su presencia en el sur del país. El propio portavoz de de la Finul —fuerza multinacional del Líbano— ha admitido que la calma es frágil y la situación, difícil. Pero si se compara con la que existía hace un par de semanas, cunde la impresión de que en ese lugar bien caliente se ha alcanzado ya un nuevo statu quo capaz de satisfacer en cierto modo a las partes en conflicto.

Incluso asoman señales de poderse lograr algunos avances en otras zonas no menos calientes del Oriente Próximo, como sucede con el plan propuesto por Estados Unidos para desplegar una nueva fuerza internacional en la frontera que separa Gaza de Israel. Que el presidente palestino, Abú Mazen, haya aceptado el plan de Washington puede antojarse otro signo de distensión, aunque poco más que simbólico, de nuevo, habida cuenta de que el poder político y militar de Mazen no es muy alto. Aun así, apunta en la misma dirección de un cierto alivio en las tensiones.

Tal vez la señal más notoria de ese cambio en la situación de la zona se tenga en la solicitud hecha por Kofi Annan a Hizbulá sugiriendo al Partido de Dios que libere a los dos soldados israelíes que tiene en sus manos. Como se recordará fue ese incidente de la captura de los militares el que desencadenó la guerra en el Líbano. Es obvio que Hizbulá hará lo que le venga en gana, y que la capacidad del secretario de la ONU para imponer ni siquiera la más mínima condición ya sea a Hizbulá o a Israel resulta nula por completo. Pero el simple hecho de poner sobre la mesa la liberación de los dos soldados presos pone de manifiesto que se puede hablar de un cierto final —simbólico, de nuevo— de la guerra.

Siendo así cabe hacerse una pregunta bien pertinente. Si las armas callan, si Hizbulá vuelve atrás en su provocación, si Israel se limita a desmontar los búnkeres de la zona ocupada y sufre un serio acoso por la justicia de su país sobre la forma en que llevó a cabo la guerra, ¿para qué habrá servido ésta? ¿Era necesario tanto dolor, se imponía tanta destrucción, resultaban precisas tantas muertes? Es de imaginar que, en las oficinas de mando en que se deciden esas cosas —tanto de Hizbulá como del Estado sionista—, las respuestas habrán sido afirmativas durante todo este tiempo. Incluso cabría dar por cumplidos los objetivos estratégicos. Hizbulá puede presumir —lo ha hecho— de que ha logrado llevar adelante la guerra contra Israel durante mucho más tiempo que en todos los precedentes anteriores.

Israel publica las fotografías de sus máquinas arrasando los dispositivos de acoso de Hizbulá cercanos a la frontera. Incluso el Gobierno del Líbano saca pecho aparentando haber recuperado un cierto control militar en la parte meridional del país.

Pero más allá de esas presunciones, en buena medida pura maniobra de propaganda, ¿qué ha logrado la guerra? Es pronto para decirlo. Sin embargo, no lo es para reclamar, una vez más, unos tribunales internacionales eficaces que sirvan no sólo para castigar a los vencidos en cualquier guerra sino para acusar, juzgar y condenar a quienes resultan responsables de aventuras temerarias en nombre de cualquier principio de los que tanto gustan esgrimir partidos, religiones y gobiernos.

El autor es escritor

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