| LA VIDA CONTINÚA.
De quijotescas andanzas
David Méndez Dutary
Amanece un día de muchos y en el barrio de clase media de La Mancha, se encontraba un hidalgo viudo y jubilado sin muchas cosas que hacer, ocioso como en los últimos seis años, y dándose a leer La Prensa y ver novelas con tanta afición y gusto, que olvidó casi todo lo que tenía que ver con su querida profesión: la medicina. Desatendió su casa, su mujer y sus nietos, pues ya sus hijos casados solo llegaban para ocuparlo día a día, en el cuidado de los mocosos.
Leía todo el diario, desde la cara principal o encabezados (por los cabezones que salían en primera plana) hasta los clasificados con los increíbles lava edificios que atontaban a los inversionistas extranjeros, por la posibilidad de quitar al fisco, unos cuantos miles de dólares.
Pero las noticias nacionales eran de su especial atención, espeluznantes hechos donde destacan cada vez más la violencia y la impunidad. Magistrados que le suspenden la visa a Disney, sin que nadie explique el porqué, militares condenados por una masacre, que ahora quieren demandar al Estado; empleados de la seguridad social dándose puños antes las cámaras, pero no en el Figali "juega vivo" Center, sino en el mismo Bolivín; educadores en total división, sacrificando miserablemente aquel objetivo por el cual se formaron; jugadores de baloncesto peseteando en pleno mundial, en fin, toda una gama de agravios, entuertos, sin razones, abusos y deudas que satisfacer.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido. En fin, se enfrascó tanto en su lectura, que se pasaba las noches leyendo de claro en claro, todo lo que salía en los tabloides sobre el tema de la expansión canalera, el tercer juega vivo de esclusas y demás menesteres. No entendía la infernal mentalidad y el propósito, que pudo haber sacado, de las gavetas llenas de telarañas, tan semejante proyecto, ahora que el Canal aportaba 600 millones al año.
Se preguntaba el porqué fue suspendido en dos ocasiones por quienes habían sacado provecho del Canal por casi 100 años, inclusive abandonando excavaciones adelantadas y estudios millonarios de factibilidad. En tanto la pobre Madre Patria, endeudada hasta los huesos, con servicios públicos privatizados, con escuelas sin techo, hospitales sin medicamentos, carreteras pueblerinas y un desempleo de más del 15%, estaba yéndose al despeñadero. Así del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio.
Y así, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; hacerse político y combatir a capa y espada tan inmensurable desventura.
Así pues, no quiso esperar más tiempo, llamó a su compadre Pancho, a quien le prometió toda clase de gobernaciones e ínsulas, conociendo su profundo interés por los necesitados, muy en especial el necesitado de su bolsillo, y partió rumbo a San Miguelito a hacer campaña en un taxi amarillo de marca japonesa, con el nombre Rocinante escrito en el costado.
Ya en el camino se encontraron con un par de muchachos, que a todas luces no parecían ser sino un par de encantadores adolescentes obnubilados del "Sí".
Mire compadre, que parecen ser pandilleros, alertó el flamante escudero. Sabes muy poco de achaque de aventuras, Pancho. Verás cómo resuelvo, respondió con hidalguía el político andante. Pero al acercarse, dos brillantes nueve milímetros acababan rápidamente de ser desenfundadas, y las detonaciones que siguieron, se escucharon hasta la PTJ de Balboa.
Los cuerpos aún con vida fueron saqueados por sus agresores, las personas que estaban alrededor nada vieron, y en los siguientes 15 minutos de desangre, ni patrulla ni ambulancia se vieron por las cercanías. Solo una mujer de la calle, conocida como Dulcenema, se acercó para sacar delicadamente la sortija de oro de 18 quilates que el ingenioso hidalgo llevaba en el dedo índice. Sintiendo el dolor del dedo mayor que el agujero a quemarropa que sangraba en el pecho, el agonizante hidalgo pudo abrir los ojos y decirle a la voluptuosa dama que lo despojaba: ¡mi señora, mire que me perdone mis desatinados disparates, aprovecho mi último aliento para decirle que con ensanche y sin ensanche la vida continúa!, ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. Y en ese preciso momento, el hidalgo regaló su último aliento.
Dicen que el partido político a que pertenecía envió ofrendas florales con el siguiente epitafio: Yace aquí el Hidalgo fuerte que a tanto extremo llegó, de valiente, que se advierte que la muerte no triunfó, ni el ensanche con su embuste lo conquistó. Descanse en paz toda esta trifulca.
El autor es médico pediatra neonatólogo
Además en opinión
• De quijotescas andanzas: David Méndez Dutary • Camarón que se duerme...: Juan Manuel Cambefort • El costo social de la inseguridad: Luis H. Vega Tejada • Todo un ‘personaje’: Beleiva Ortiz • Esta es mi Patria...: Marcelino González T.
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